Augie March —personaje del Nobel de Literatura Saul Bellow— afirma de Acatla que parece “resuelta a culminar su tontería volándose en pedazos”. Pues resulta que la estupidez de Acatla se extendió como peste y que México se muestra decidido a realizarse en ella y estallar.
Menuda confusión —se dice Augie March— es la de querer un futuro de independencia a la vez que amor. Es decir, o se es independiente o se sirve a Eros. Y la lógica del argumento es bien sencilla, no se puede querer ser dos cosas contrapuestas al mismo tiempo: o se es o no se es.
En México sucede, sin embargo, que vivimos en una democracia pasional, lo que resulta un claro oxímoron. Es irracional dejarse llevar por las pasiones, salvajes e irredentas, a la vez que se pide un mundo dominado por la razón. La democracia es racional y no tiene cabida para las pasiones. Esto, sin embargo, no quiere decir que para actuar conforme a los imperativos de la democracia los seres humanos debamos dejar de ser pasionales —vaya desatino—, debemos refrenarnos. Ser democrático es un no dejar de refrenarse abismal —abismal porque ante tal perspectiva sentimos vértigo. Qué empresa la de no parar de contenerse, el proyecto humano es supra humano—.
Sin duda, fracasamos en nuestro intento de contención absoluta, no podemos esperar otra cosa. Pero de este fiasco no se sigue el desenfreno de las pasiones, el carnaval, la telenovela —tampoco, recalquemos, la mando dura, el imponer las supuestas razones del Estado por la fuerza—. Aquí radica la debilidad mayúscula de la democracia: ¿dónde está la motivación para refrenarse? ¿Por qué, si el mundo se cae a pedazos, debo actuar democráticamente? ¿Por qué, si soy poderoso, debo someterme a las normas del bien común? La democracia tiene argumentos para intentar dar respuesta a todas estas preguntas, desgraciadamente las razones no sirven para convencer a los irrazonables, ni a aquellos que no quieren escucharlas, ni a los que tienen una verdad irrenunciable, ni a los testarudos, ni a los que no se equivocan, ni a los que odian al otro y lo humillan ni sirven tampoco para convencer a los que no respetan más que la fuerza. En fin, la democracia es muy débil, está siempre al borde de la enfermedad y su única esperanza de sobrevivir a lo largo del tiempo es inculcando en sus ciudadanos la motivación de refrenarse en pos del bien común. La democracia es una fiesta aburrida, es más baile europeo que caribeño. Sin embargo en México, tontería de Acatla, bailamos el vals como si fuera cumbia. Cuando Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador juegan ajedrez, si bien saben cómo se mueven los peones y las torres, se avientan las fichas. En México no sólo falta un pacto político para cambiar las leyes autoritarias, los artículos constitucionales arcaicos o antidemocráticos, necesitamos motivar a los ciudadanos para actuar conforme a los imperativos de la democracia y esto, se me ocurre, sólo se logra mostrando que la democracia funciona, que tiene sentido refrenar las pasiones en pos del bien común. Pero ante la desfachatez estamos perdidos, ¿por qué razón va a dejar el narcotraficante su negocio si el político no deja el suyo? ¿Por qué yo sí y tú no? La guerra no debería ser contra la delincuencia ni contra el narcotráfico, sino contra la impunidad y la corrupción y, sobre todo, contra la indiferencia ante estas fuentes de injusticia. Esa guerra no se pelea con armas, ni deja tantos muertos.
La indiferencia, que es producto del egoísmo y la desesperanza, no puede perdurar mucho tiempo junto al ser democrático. Una democracia de indiferentes está destinada al fracaso. La indiferencia, a fin de cuentas, es una actitud frente a la injusticia y una democracia que tolera la injusticia no tiene razón de ser. No es justo enriquecerse a costa del erario ni traficando influencias o utilizando información ventajosa. Tampoco es justo evitar ser juzgado ni recibir trato de rey en una república. Para que la democracia florezca en este campo cada vez más yermo necesitamos empezar a batallar contra la injusticia. Para esto es menester transformar las estructuras que la perpetúan: el sistema judicial donde las sentencias absolutorias se compran, el régimen fiscal que no consigue el objetivo de distribuir la riqueza, las leyes laxas que permiten gastos descomunales en comunicación social y gasto corriente —una copa de caro vino francés pagada con los impuestos de ciudadanos pobres tendría que saberles a hiel—, transformar el sistema educativo que, al no formar bien a quienes no pueden pagarse una escuela que sí los forme —qué pocas hay—, los deja en perpetua y, por supuesto, injusta desventaja. Es necesario abrir las frecuencias y crear una regulación más estricta, para que la competencia y las reglas alienten y obliguen a producir una televisión menos mala y que entienda su compromiso con la democracia. Transformar las campañas políticas, libertad de expresión no es difamar y mentir.
Pero la tontería de Acatla parece nuestro destino trágico: estallar, volarlo todo en pedazos que, a nuestro mexicano entender, es la mejor forma de celebrar y divertirse. Viva México y sus 199 años de máscaras y carnaval. Que siga la fiesta.
En Campus

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