Vivimos en el mundo de los egoístas y nos parece normal, por cierta noción confusa de individualismo: “sólo pienso en mí y está bien”. Esta idea no puede sino ser el final —que no finalidad— de toda sociedad con espacio público. Si somos estrictos, nada común puede existir en una sociedad de egoístas. Y este espacio común al que me refiero no es representado únicamente por Chapultepec, el Zócalo, Teotihuacan, las playas —que en la práctica muchos hoteles hacen privadas—. El espacio público más importante no es físico, no está en el ámbito del ser, sino en el de los proyectos, en el del deber ser. Así, en ese espacio común están las leyes y, más importante todavía, el espíritu en el que se fundan, que debe ser una noción entendida y en términos ideales, justificada por todos. A su sombra se debe ejercer el poder. Lo contrario sólo abre la puerta de la violencia.
En este tenor, por ejemplo, subrayó Joseph Ratzinger lo siguiente en un diálogo que sostuvo con Jürgen Habermas antes de ser Papa: “el poder ejercido en el orden del derecho y a su servicio está en las antípodas de la violencia, entendida ésta como poder sin derecho y opuesto a él”. Poder sin derecho y opuesto a él, ahí se encuentra el manantial —que más bien borbotón— de la violencia. Cuando los egoístas reinan no queda espacio para el diálogo, los acuerdos, la palabra, sólo los cuernos de chivo y las granadas de fragmentación hablan. La violencia puede tener dos finales, la paz perpetua, entendida no como lo hacía Immanuel Kant, sino como el campo plagado de muertos donde ya no quedan voluntades, un cementerio pacífico donde yacen los egoístas que se exterminaron entre sí, el fin de la historia, o puede terminar bajo el deber ser de la ley y la moral: la violencia no cabe, o, como dice el hoy papa Benedicto XVI, está en las antípodas del espacio común.
¿Y cómo hemos llegado tan lejos? Creo que nunca hemos sentido como común el espacio común. Además, el deber ser “acordado” sigue lejos de convertirse en un derecho real —practicable— y sigue plasmado en la constitución como un mero derecho formal. Los egoístas no hallan razón para ser solidarios, para participar en el mundo que construimos todos y por eso es el cinismo más ramplón el que avanza y por eso también la violencia se desboca.
Abordemos ahora el asunto del egoísmo, del que muchos, sin razón, dicen que es natural a la psicología humana y así afirman: “no podemos actuar sin ser egoístas, todo lo hacemos por interés propio”.
Aristóteles definió “egoísmo” en su Política de la siguiente manera: egoísmo “no consiste en amarse a sí mismo, sino en amarse más de lo que se debe”. Este punto es fundamental, pues ahí justo se halla la trampa de los que defienden que el egoísmo es inevitable, el interés propio no es lo mismo que el egoísmo. Si una persona se siente enferma y acude a la consulta de un médico es claro que lo hace por interés propio, quiere sentirse mejor, pero no que lo hace por egoísmo. Ser egoísta no es sólo pensar en uno mismo, es no pensar en los demás. En este sentido, ser solidario, respetar y contribuir con la fortaleza de lo común no se explica desde el abandono del yo, claro que pensamos en nosotros mismos cuando defendemos el derecho y la expulsión de la violencia, pero también pensamos en los demás. Los egoístas no tienen un cálculo racional sobre el futuro, van por la vida sin preguntarse qué vía de acción es la correcta, piensan que se los dicta su ser: “lo correcto es lo que yo quiera”. Pero, claro, cuando lo que yo quiero no es lo que tú quieres, cuando no tenemos normas para decidir qué es justo hacer, entonces sólo nos queda empuñar la cimitarra, jalar el gatillo y disparar la ráfaga. La violencia es el triunfo de la injusticia.
Vivimos en el país de los egoístas, de aquellos que no se preocupan más que por su bienestar inmediato, porque en cualquier plan medianamente racional, pensar en los demás es mejor que entregarse al festival del yo. No hay forma de construir proyectos comunes si no dejamos atrás esta idea equivocada de que sólo podemos ser egoístas, no es cierto, sobran ejemplos de conductas humanas en las que los sujetos hacen por los demás cosas incluso a pesar de dañarse a sí mismas. El egoísmo es animal, los perros no comparten sus croquetas, nosotros sí podemos compartir el vino y el pan. Pensar en los otros es el camino de la humanidad.
En Campus
En este tenor, por ejemplo, subrayó Joseph Ratzinger lo siguiente en un diálogo que sostuvo con Jürgen Habermas antes de ser Papa: “el poder ejercido en el orden del derecho y a su servicio está en las antípodas de la violencia, entendida ésta como poder sin derecho y opuesto a él”. Poder sin derecho y opuesto a él, ahí se encuentra el manantial —que más bien borbotón— de la violencia. Cuando los egoístas reinan no queda espacio para el diálogo, los acuerdos, la palabra, sólo los cuernos de chivo y las granadas de fragmentación hablan. La violencia puede tener dos finales, la paz perpetua, entendida no como lo hacía Immanuel Kant, sino como el campo plagado de muertos donde ya no quedan voluntades, un cementerio pacífico donde yacen los egoístas que se exterminaron entre sí, el fin de la historia, o puede terminar bajo el deber ser de la ley y la moral: la violencia no cabe, o, como dice el hoy papa Benedicto XVI, está en las antípodas del espacio común.
¿Y cómo hemos llegado tan lejos? Creo que nunca hemos sentido como común el espacio común. Además, el deber ser “acordado” sigue lejos de convertirse en un derecho real —practicable— y sigue plasmado en la constitución como un mero derecho formal. Los egoístas no hallan razón para ser solidarios, para participar en el mundo que construimos todos y por eso es el cinismo más ramplón el que avanza y por eso también la violencia se desboca.
Abordemos ahora el asunto del egoísmo, del que muchos, sin razón, dicen que es natural a la psicología humana y así afirman: “no podemos actuar sin ser egoístas, todo lo hacemos por interés propio”.
Aristóteles definió “egoísmo” en su Política de la siguiente manera: egoísmo “no consiste en amarse a sí mismo, sino en amarse más de lo que se debe”. Este punto es fundamental, pues ahí justo se halla la trampa de los que defienden que el egoísmo es inevitable, el interés propio no es lo mismo que el egoísmo. Si una persona se siente enferma y acude a la consulta de un médico es claro que lo hace por interés propio, quiere sentirse mejor, pero no que lo hace por egoísmo. Ser egoísta no es sólo pensar en uno mismo, es no pensar en los demás. En este sentido, ser solidario, respetar y contribuir con la fortaleza de lo común no se explica desde el abandono del yo, claro que pensamos en nosotros mismos cuando defendemos el derecho y la expulsión de la violencia, pero también pensamos en los demás. Los egoístas no tienen un cálculo racional sobre el futuro, van por la vida sin preguntarse qué vía de acción es la correcta, piensan que se los dicta su ser: “lo correcto es lo que yo quiera”. Pero, claro, cuando lo que yo quiero no es lo que tú quieres, cuando no tenemos normas para decidir qué es justo hacer, entonces sólo nos queda empuñar la cimitarra, jalar el gatillo y disparar la ráfaga. La violencia es el triunfo de la injusticia.
Vivimos en el país de los egoístas, de aquellos que no se preocupan más que por su bienestar inmediato, porque en cualquier plan medianamente racional, pensar en los demás es mejor que entregarse al festival del yo. No hay forma de construir proyectos comunes si no dejamos atrás esta idea equivocada de que sólo podemos ser egoístas, no es cierto, sobran ejemplos de conductas humanas en las que los sujetos hacen por los demás cosas incluso a pesar de dañarse a sí mismas. El egoísmo es animal, los perros no comparten sus croquetas, nosotros sí podemos compartir el vino y el pan. Pensar en los otros es el camino de la humanidad.
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1 comentario:
me parece perfectamente razonable, pero como luchar con esa formaci'on individualista en la que nos hemos formado desde el nacimiento y permanece latente en cada 'angulo de nuestro entorno, y sobre todo, como mostrarle valores 'eticos a quienes no tienen un acercamiento con estas cuestiones y que ya cuentan con prejuicios, ideas y dem'as que, aunque quisi'eramos, no podr'iamos cambiar...?
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