12.3.09

Refundación o matadero

Los mexicanos del siglo XXI heredamos del proceso histórico que ha forjado nuestra realidad una dicotomía que urge desmantelar: la que hay entre gobierno —clase política— y ciudadanos de a pie. Así, es importante reconocer que los bienes de la nación no son del gobierno, son nuestros; que las leyes no las imponen los gobernantes, las legislamos todos; que las políticas sociales no son dádivas de los jerarcas, sino distribución de la riqueza.

Nacemos en una sociedad organizada bajo normas que nos damos, no estamos juntos por azar, más bien nos reunimos en pos del bien común, en busca de la justicia, que, sin duda, es la virtud fundamental de toda sociedad política.

Aristóteles, por ejemplo, si bien defiende en su Política la esclavitud como algo ajustado a la naturaleza —asunto que no debemos justificar, pero sí comprender en su contexto—, entiende que la polis congrega a los ciudadanos —aquellos libres, que pueden ser elegidos— para alcanzar la utilidad común: “la polis es la asociación de familias y aldeas para una vida perfecta…y ésta es, como decimos, la vida feliz y bella”, la vida justa, las oportunidades de realizar la propia idea razonable de bien.

Si estamos juntos, pues, es porque creemos que la buena vida humana sólo es posible en sociedad, si viviéramos solos, cada quien por su lado, no tendríamos hospitales ni universidades ni teatros ni imprentas, por no decir que sería imposible mantener un diálogo, cultivar un lenguaje. Ahora claro, esta vida buena no se alcanza en cualquier sociedad. Sólo es posible en aquella que tiene como finalidad el bienestar. Esto último debemos subrayarlo porque también hay —sobran— sociedades que no buscan el bien común, sino afianzar los intereses de unos cuantos, que no es otra cosa que injusticia. Así es el México de hoy, así ha sido siempre, nunca la justicia apaciguo nuestros valles y lagunas.

Aristóteles tiene claro todo esto y por eso nos dice en el libro tercero de la Política que el fin de la polis es el bien vivir: “puesto que en todas las ciencias y las artes el fin es un bien, principalmente y sobre todo lo será en la principal de todas, y esa es la actividad política. Y el bien político es lo justo, es decir, el bien común”.

Qué poco entendemos los mexicanos esto. ¿Cómo es posible que alcancemos el bien común si no tenemos conocimiento de que estamos juntos con ése propósito? En realidad si convivimos es porque así nos tocó, es culpa del destino y no un acuerdo político, es capricho y no proyecto, es desgracia y no esperanza, es temor y no consuelo.

“No es tarea menor reformar un régimen que organizarlo desde el principio”, escribe Aristóteles. Frente a la debacle de nuestra transición democrática —no podemos cambiar sin anhelo, desganados, llenos de hastío y en la zozobra, y menos todavía con los mismos al mando (porque los ex priistas están en todos lados)—. Y porque no es tarea menor, quizá en lugar de reformar debiésemos refundar. La idea no es nueva. Thomas Jefferson, por ejemplo, insistía en que ninguna sociedad puede escribir una constitución perpetua y que la Tierra pertenece a la generación viva. Así, defendía que cada generación estadunidense debería hacer transformaciones profundas a su constitución.

Pues los mexicanos necesitamos darnos normas y creer en ellas. Esto no es otra cosa que entender que sólo bajo su regulación alcanzaremos cualquier posibilidad de bienestar. No sé si refundar pasa forzosamente por transformar profundamente nuestra Constitución. Sin embargo, si tal procedimiento constituyente ayudara a fortalecer el apego de los ciudadanos a sus leyes y despertara una ola de civismo y anhelo, si despertara aprecio por las normas y entendimiento de las mismas. El proceso no sería vano.

Desgraciadamente, no podemos encargarle a quienes hoy legislan esta tarea, la nueva Constitución tendría que venir de los ciudadanos, de discusiones en cada pueblo y cada barrio, para que la gente efectivamente se sintiera partícipe del pacto, del nuevo orden, de la transición, de refundar nuestro país y, sobre todo, para que renaciera la confianza.

La justicia es posible, también vivir mejor. Es asunto de aceptar nuestras diferencias, respetar los distintos estilos de vida y creer en las leyes como la posibilidad de ser libres y aumentar el bien común. Todo lo demás es aquelarre, tranza en lo oscurito, pantomima, un estar reunidos como vacas en el matadero: sin salida, sin entender nada, entregados a la desgracia.

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