18.11.08

Elva Ginón, televisión para desamparados

Entretenerse con la programación de Televisa es como deleitarse con un burrito de microondas: se debe estar muy hambriento, tener una gripe que empaña la sensibilidad del paladar o ignorar que existen alternativas.

Quién que disfrute leyendo a Joseph Roth puede sinceramente soportar «desmadruga2» y dejar su libro esperando en la mesa de noche. Quién que pueda salir a dar unos pasos de baile, al cine, a tomar unas copas, se queda los sábados por la noche en casa a ver a Dorismar posar en bikini en la pantalla de televisión mientras un personaje gordo, tonto y feo —el estereotipo televisivo de la raza cósmica— fantasea con ella. Nadie que pueda escoger lo contrario.

Por desgracia la pobreza generalizada, la mala educación, la inseguridad que atemoriza, cancelan oportunidades, dejan al hombre desamparado frente a la televisión, voraz negocio que lo empobrece —en sentido humano— para dominarlo: mientras más exigua sea la calidad del contenido televisivo y peor la educación de las personas y su discernimiento, más trivial puede ser la política, más eficaz la mercadotecnia, mayor el poder de la telecracia que abusa de la falta de oferta para monopolizar la audiencia y ofrecer una programación vergonzosa, reflejo de la idea que tienen de su público.

«Desmadruga2», por ejemplo, no logra esconder detrás de la espectacular semidesnudez de la modelo argentina Dorismar —no se puede tapar el sol con un cuerpo— las constantes repeticiones de un guión anodino que llega al límite de lo intolerable con las largas escenas de, por ejemplo, el padre Ramón, un supuesto cura comediante que nunca termina sus tareas, cuenta chistes de los que sólo se ríen sus monaguillos —con risa fingida y exasperante— y repite incansablemente “es igual, es igual” con un tono de voz que hace referencia y venera a algún personaje de Eugenio Derbez, como si éste último fuera la máxima expresión de la comedia.

Sucede que mientras más obeso es el pueblo mexicano más vulgar y mala se vuelve la programación televisiva. Cabe preguntarse si el sobrepeso de la población se debe a las horas que pasan frente a la tele, o pasan tantas horas frente a la tele por causa del sobrepeso que les complica la movilidad. Es igual, diría el padre Ramón, pura retórica socarrona, el hecho es que, como ya decía, por la pobreza, la ignorancia, la violencia y, añadamos, la obesidad, los telespectadores mexicanos se hallan apresados frente al monitor. Son prisioneros de la pereza y el cinismo de los guionistas que para ocultar sus debilidades recurren no sólo a la infamia de la semidesnudez sino a la de los albures más simples. Por ejemplo, en una escena del Tunco McClovich, otro personaje del programa, Pilar MontesNegros (sic) se bate a duelo con Lorena Herrera. Cuando la rubia gana, McClovich, que acaba de llegar de «Apisaco el grande» le dice: «saliste buena para mover la pistola». El ejemplo anterior es soso, el que sigue es ofensivo y vulgar: la señora Ginón visita al ginecólogo Falopio y le dice que se llama Elva.

Televisa no pretende educar, ya lo sabemos. Para entretener hace el mínimo esfuerzo: tiene un público cautivo. Un público que ante la desoladora realidad prefiere pasar el tiempo viendo vulgaridades y simplezas que platicándose su triste vida.

En Día Siete

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