Pierre Bourdieu, el famoso sociólogo francés, expone así el problema en su libro de ensayos Sobre la televisión: “La televisión no resulta muy favorable para la expresión del pensamiento. Es un tópico antiguo del discurso filosófico: es la oposición que establece Platón entre el filósofo, que dispone de tiempo, y las personas que están en el ágora, la plaza pública, las cuales son presa de las prisas”. Hay un vínculo entre pensamiento y tiempo. Así pues, debemos preguntarnos si aquellos que acuden a las pantallas de la televisión a dar sus opiniones y debatir con otros pensadores —u opinólogos, comentaristas, da igual el nombre que les pongamos— pueden realmente comunicar ideas, pensamiento, conceptos, o más bien sólo repiten una retahíla de lugares comunes, nociones preconcebidas.
Pierre Bourdieu cree que esto último es lo que inevitablemente sucede y nos sugiere lo siguiente: “¿Acaso la televisión, al conceder la palabra a pensadores supuestamente capaces de pensar a toda velocidad, no se está condenando a no contar más que con fast thinkers, con pensadores que piensan más rápido que su propia sombra?”. Debemos preguntarnos cómo es que estos fast thinkers logran pensar y aportar ideas en condiciones así de contrarias a la generación de pensamiento si no es mediante a estas ideas preconcebidas a las que me refería, tópicos que las personas ya han recibido antes. Y es que como decía Flaubert, tales tipos de conceptos flotan en el ambiente, son banales, convencionales, corrientes.
Así pues, en realidad, los fast thinkers no comunican nada con sus frases veloces e inteligentes, pues lo que dicen ya ha sido recibido previamente por su público, “el intercambio de ideas preconcebidas es una comunicación sin más contenido que el propio hecho de la comunicación”, reitera Bourdieu.
Si los temas y los argumentos tópicos se pueden comunicar de inmediato por ser comunes al emisor y al receptor, el pensamiento funciona definitivamente de otra manera puesto que requiere de probar lo que defiende, necesita concatenar razonamientos mediante frases como “por lo tanto”, “así pues”, “en consecuencia”, “dicho lo cual”. Pero, ¿cómo se hace esto con urgencia, en un programa que dura una hora y en el que expresan sus ideas cinco o seis personas? ¿Cómo ser realmente lúcido en tan pocos minutos: es imposible? La televisión privilegia, como dice Bourdieu, la fast food cultural, el pensamiento trillado, la vanidad de quienes acuden a la pantalla, no a discutir los asuntos del bien público con profundidad, sino a mirarse en ella como se miraría Narciso.
Ahora, lo que sugiere Bourdieu no es que los pensadores, los académicos de las universidades, dejen de aparecer en televisión, tienen el deber de acudir a ella a hacer el intento de comunicarse. Esto último, sin embargo, implica exigir condiciones razonables. Y, dejémoslo claro, el deber de aparecer en la pantalla se fundamenta, por ejemplo, como decía Husserl, “somos funcionarios de la humanidad”, funcionarios que, bien argumenta Bourdieu, cobramos del Estado para descubrir cosas, ya sean acerca del mundo natural o del mundo social, y claro que tenemos obligación moral de difundir nuestros resultados. Negar la televisión sería pedante, aceptarla como está, inocente.
Antes de participar de los programas televisivos podríamos pensar en alternativas, por ejemplo, si lo que se discute en el Congreso y en la Suprema Corte de Justicia es fundamental para la democracia, ¿no es un sin sentido que sus canales sólo se transmitan en televisión de paga? ¿No tendría razón de ser abrir la señal y garantizar que llegue a todo el país? ¿No podríamos utilizar esos espacios para transmitir ideas en lugar de estar rogando para que la televisión privada habrá espacios de discusión?
No podemos permitir que las televisoras privadas nieguen la importancia que tiene su señal, que usa espacio público, y dejarles de exigir que se responsabilicen con la democracia. Tampoco podemos olvidarnos de los canales públicos, son los que más pueden prescindir del rating y abrir espacios para que las ideas florezcan y viajen por el espacio. Los fast thinkers se acomodan a todo, de eso se trata su trabajo pero no la democracia. Nadie dijo que se construyera tan rápido, tan fácil, de ideas tan vacías.
En Campus

No hay comentarios:
Publicar un comentario