Esto es un esbozo que comienza con la siguiente pregunta: ¿por qué no podemos aceptar que la televisión mexicana sea sólo una máquina de dinero que entretiene a los mexicanos (no entiendo cómo entretiene, sin embargo, éste es tema para otra disertación, sólo permítanme cerrar el asunto indicando, como ya lo hice en otros foros, que si la gente de verdad se entretiene con la programación de las televisoras es porque hemos llegado al desgraciado punto donde más vale oír las mismas tonterías mil veces que comentar en la cena la desesperanza, el miedo, la impotencia)? Pero volviendo a la pregunta que hacía, creo que la respuesta es que no podemos aceptar que las televisoras sean sólo máquinas de hacer dinero mediante el mal entretenimiento porque, además de ser negocios que entretienen, los medios de comunicación masiva tienen un compromiso moral indispensable con la democracia: informar a los ciudadanos de los asuntos relevantes, entre otras cosas, para que puedan emitir su voto medianamente informados, noticias que les permitan exigir resultados, dirimir entre candidatos, juzgar administraciones, discutir en la comida familiar sobre los temas de la política nacional y local. Pero sucede que hoy en las mesas mexicanas se diserta sobre los sueños de los mejores amigos que presenta los domingos el señor Ramones, o sobre las ambiciones artísticas de adolescentes insulsos que cantan en la cadena Azteca.
Ahora, ¿es una exigencia desmesurada pedir a los medios de comunicación información veraz y buena? Claro que no. Estos medios son el vehículo más importante para que el derecho a la información se cumpla. Sin este tipo de difusores de la información, democracias tan grandes como la nuestra —millones y millones de ciudadanos— no pueden convertir en real un derecho que, si no pasa del mero papel, se queda en la mera formalidad —y los derechos formales no son garantía de nada, por ejemplo, es inútil que se diga que todos los mexicanos tienen derecho a la educación básica si en los hechos las escuelas quedan demasiado lejos como para ir a clases. Lo mismo pasa con los hospitales y, por supuesto, con la información: de qué sirve tener derecho a ella si en la realidad es inaccesible—.
La libertad de expresión que tan celosamente defienden las televisoras —recordemos a López Dóriga con su suéter rosa hablando en favor de la llamada Ley Televisa— debe ser la contraparte de la responsabilidad que tienen los medios de informar. Libertad de expresión para manipular o desinformar es un sin sentido. La libertad de expresión sólo tiene razón de ser ligada a la responsabilidad de comunicar lo relevante: ¿a quién le interesa defender la libertad de expresión de Paty Chapoy para que siga llamando guapo al gobernador del Estado de México? No creo que alguien sea capaz de dar su vida para defender ese periodismo rosa, por llamarlo sin descalificativos. Por esa libertad quién se ha levantado frente al Estado represivo.
Pedir ser libre para comunicar trivialidades es cínico. Bien dice Niceto Blázquez, teórico de la comunicación, que "éticamente hablando, lo mejor que puede hacer un periodista responsable es callarse mientras no tenga algo verdadero que decir o digno de ser conocido".
Bastante certeza tengo de que podemos medir la calidad de una democracia a través de la información que los grandes medios trasmiten. La nuestra, con este parámetro, no puede ser buena.
Frente a este escenario podemos hacer varias cosas, por un lado quitarle a los cínicos el monopolio de la defensa de la libertad de expresión, derecho que va mucho más allá de la mera posibilidad de decir cualquier cosa, si se defiende la libertad de transmitir información es porque ésta es vital para que la democracia funcione, no para llenar de chismes la sobremesa.
Urge una nueva ley de medios en nuestro país, no sólo para defender, por ejemplo, la cláusula de conciencia en favor de los periodistas, para redefinir los límites de la intimidad sino, sobre todo, para refrendar que los medios de comunicación pueden hacer todo el dinero que quieran entreteniendo a la gente a cambio de un compromiso serio con nuestro sistema de gobierno. La máxima podría ser: "Hagan dinero, informen bien". Todos saldríamos ganando, ellos fortunas, el país una mejor democracia.
Por último, debemos hacer un esfuerzo por elevar las exigencias del público, si se entretienen con lo que se entretienen es porque no tienen mucho acceso a otro tipo de ocio. Sin embargo, es muy claro que el entretenimiento y la información no son sustitutos de la cultura —en el sentido de Cicerón, de culutura animi— sino complementos. Acerquémosle a la gente la literatura, el buen cine, el teatro, la música.
Ya decía al principio que esto apenas es un esbozo, con más espacio podré matizar y ampliar estas ideas.
Cerraré diciendo que la libertad de expresión es fundamental. Hagamos una buena defensa de ella y por las razones correctas.
En campus
13.11.08
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario