27.8.09

Cacerolazo: exhorto a la indignación

Aquí he loado el silencio, he defendido la prudencia, la razonabilidad, la amistad civil, entre otras muchas virtudes que, entiendo, deben pretender los ciudadanos para lograr la realización de su propia excelencia (areté dirían los griegos) y la de la polis. Hoy, por razones que expondré más adelante, me resulta urgente subrayar la necesidad de la indignación. Y es que los ciudadanos no sólo deben actuar de forma tal que sus acciones se encaminen al bien público. También es necesario que sepan indignarse frente a aquellos que violan todo acuerdo y ponen incluso en riesgo la posibilidad de que éste continúe en pie.

La indignación es una señal contundente de desaprobación, es la voz del enojo que no quiere ser violento pero sí categórico, expreso, contundente. La indignación es un ultimátum, el último paso de los razonables antes de romper los vínculos que nos unen con los otros, que si bien viven en nuestra sociedad, no la respetan.

Además, la indignación, —ya que funciona como sanción moral— es parte del proceso de introspección de conductas. Bien dice Norbert Bilbeny en La revolución en la ética que “la ética no es el derecho: tacto y mirada intervienen, pues, en la parte más viva de la sanción personal. Sufrimos con mayor impaciencia la retirada del saludo o el desvío de la vista que la condena de un tribunal”. Si no nos indignamos frente a los abusivos, los violentos, los desaprensivos, de cierta forma abandonamos la responsabilidad cívica de defender la justicia, que obviamente no es asunto dado, sino lucha constante, la justicia es un proyecto cotidiano que fácilmente se viene abajo si nos descuidamos.

Es bueno ser consciente de que no existe condición tal donde la justicia se perpetúe a sí misma como un perpetuum mobile. Retirémosle la palabra a los corruptos, basta de condescendencia.

Cuando todo se desgaja, llega un punto en el que es suicida conducirse de acuerdo con las normas que supuestamente rigen la convivencia; no podemos seguir actuando así cuando constatamos que los otros contravienen lo acordado: ser moral no es ser ingenuo, aunque a los vivales les parezca que lo somos porque toleramos ciertos abusos en pos de mantener el acuerdo.

Ahora, antes de la ruptura, que tiene consecuencias muy nocivas, ha de venir la indignación. Si ésta fracasa no queda más que empuñar las armas, y no lo digo en sentido revolucionario, digo empuñarlas para defender la propia vida: cuando los acuerdos que legitiman el Estado se rompen, el Estado se desbarata. Así, el mexicano no es un Estado fallido, sino desvencijado. Y lo digo literalmente: desvencijar, dice el diccionario, es “aflojar, desunir, desconcertar las partes de algo que estaban y debían estar unidas”.

Así, insisto en que los que corren son tiempos de indignarnos, después sólo quedará la trinchera y, claro, aquellos que hoy día ya ignoran el acuerdo tendrán ventaja: años de experiencia, más armas y menos corazón.

Dije hace unos párrafos que expondría las razones por las que, creo, es hora de indignarse: debemos indignarnos ante el fingimiento, basta ya de que, a todas luces y sin pudor, aquellos que gobiernan violen la ley; deben terminarse el doble discurso, la ineptitud, la desvergüenza, el egoísmo. Es hora de indignarnos frente al dispendio. ¿Cómo que Los Pinos dobla su gasto corriente en tiempos de crisis, cómo que los partidos recibirán un presupuesto 20 por ciento más holgado en 2010?

Debemos indignarnos frente a la violencia, la violación de derechos humanos, por Acteal, por Hermosillo, por Guerrero, por Juárez, por la falta de planeación: la crisis de Pemex se venía desde hace años, la del agua comienza a sufrirse, necesitamos ya un think tank del agua, un water tank para buscar soluciones hoy y ponerlas en marcha.

Debemos indignarnos frente a la incapacidad de cambiar nuestro modelo educativo, que pasa forzosamente por la corrupción del sindicato de maestros y su dirigencia: un país sin educación no tiene sentido.

Y debemos indignarnos frente a la indiferencia, los cotidianos “¿yo por qué?” que le hacen eco a Vicente Fox. Basta también de corruptos, de evasión de impuestos, de tráfico de influencias.

Es hora de dar cacerolazos para mostrar que estamos indignados, todas las noches a la misma hora: aporreando la cacerola y la sartén, que suene una cencerrada ciudadana, un ruido estremecedor y vigorizante que nos permita darnos cuenta de que la indignación no es únicamente la mía, sólo la tuya, sino la de un pueblo que no puede más ante el despilfarro y la descarada ostentación de faltas y vicios de sus dirigentes, ante la violencia sin compasión de los delincuentes, ante el hambre y la miseria.

Pero nuestra sociedad es tímida, recatada, desorganizada. En ella indignarse es dejar que se desborden las pasiones que, según nos educaron, han de estar controladas; indignarse, pues, es de mala educación. Pero no podemos pasar del desacuerdo a la violencia una vez tras otra. Más vale abollar cacerolas que incendiar alamedas; aprendamos, pues, a indignarnos, mañana, a las ocho, cuando quieras, en la ventana de casa.

Claridad, concisión y rigor

Decía en el artículo anterior que una virtud fundamental tanto del ensayo como de la conversación es la coherencia. Resulta sustantiva, entre otras cosas, para que los ciudadanos puedan expresar sus intereses, lo que permite que sean parte de la discusión pública.

Pues igual que es importante la coherencia, también lo son las virtudes que abordaremos hoy: la claridad, la concisión y el rigor. Ayudan a dialogar, a ser democrático, respetuoso de los demás, razonable, tolerante y, sobre todo, ayudan a ser escuchado, a comunicar los propios intereses y deseos.

Hablemos de la claridad. Wittgenstein afirma en su Tractatus Logico-Philosophicus que todo aquello que se puede decir, se puede decir con claridad. Así pues, la claridad es una meta del discurso, un intento por dejar ver sin artificios aquello que queremos comunicar. En este sentido, Schopenhauer —como recalca A.P. Martinich en su libro Philosophical Writing— dice que un filósofo siempre debe intentar ser claro y así, al escribir, evitar ser impetuoso y turbio como torrente y más bien tratar de ser un lago suizo que en su calma combina la profundidad y la claridad, porque la claridad de las aguas permite distinguir también su profundidad.

Señalemos ahora que la claridad, sin duda, depende de la audiencia a la cual se dirige un discurso. Así, una conversación sobre la estética de Heidegger puede ser perfectamente clara para un auditorio que domina la filosofía del alemán y, al mismo tiempo, ser completamente oscura para un grupo de astrofísicos que nunca lo hayan estudiado. Quien pretende escribir o hablar de forma clara debe saber a quién dirige su discurso y tener en mente qué cosas puede dar por sentadas y cuáles no. La claridad se encuentra entre lo críptico y lo redundante. No puede ser ni trivial ni incomprensible, es un intento de ser preciso y así evitar las ambigüedades y la vaguedad. Entonces, quien pretende ser claro debe evitar usar palabras o escribir frases que tengan más de un significado (ambigüedad) o que expresen conceptos de forma poco precisa (vaguedad).

Dicho esto, también tenemos que señalar que la claridad absoluta no existe y que, de hecho, no debe exigírsele a algún término más claridad de la que puede ofrecer: no es lo mismo una expresión científica que una moral, y no debe pedírseles a las segundas que cumplan con las exigencias de las primeras.

La falta de claridad, así como la incoherencia, también puede usarse como velo para distraer la atención y evitar dar la cara a cuestiones importantes. Los políticos y los amantes infieles son especialistas en ser ambiguos y vagos en sus respuestas. También los alumnos que no saben qué contestar en un examen y que, sin embargo, insisten en contestar, “quizá”, dice la expresión coloquial, “es chicle y pega”.

Hablemos ahora de la concisión. Dos dialogantes con buena voluntad pero falta de concisión podrían jamás llegar a un acuerdo por el simple hecho de que, por extenderse tanto, no terminaran de exponer sus puntos. Así pues, si partimos de la idea de que los humanos tenemos siempre el tiempo contado, es mejor un discurso corto que uno largo, si al final logran decir lo mismo.

Podríamos definir la concisión como mezcla de brevedad y contenido, Así, hablamos de una brevedad que ilumina y no de una que oscurece. Muchas veces es mejor explayarse en la exposición en pos de la claridad, que ser exiguo. Lo contrario es tirar al niño por la bañera. Debemos, pues, pretender ser breves sin dejar de decir lo que queremos. Esto es un equilibrio que ni la radio ni la televisión encuentran, la prisa no comunica.

El rigor es indispensable y, sin embargo, lo tenemos abandonado, a pocos les interesa, por ejemplo, la metodología de una encuesta y, no obstante, obviar la metodología es vaciar de valor los resultados. Éste es apenas un ejemplo de la falta de rigor que padecemos. El discurso diario de medios de comunicación, de políticos, de estudiantes, de opinólogos, por citar a algunos, carece de rigor, lo cual al fin de cuentas nos deja sólo con una carcaza de palabras que dicen poco y lo dicen mal. Ser riguroso es ser preciso y explícito. Ya hablamos de la precisión, hablemos ahora de ser explícito en el grado indicado. Serlo es mostrar aquello que resulta fundamental para dar fuerza a lo que se dice, la metodología de la encuesta, las fuentes de los datos con que se critica, etcétera. Lo contrario, la falta de rigor, es obviarlo todo.

En fin, hemos revisado varias virtudes del discurso que, sin duda, son pertinentes para ayudarnos a comunicar lo que nos interesa, lo que al fin de cuentas es esencial en una comunidad política que basa sus decisiones en la discusión pública.

4.8.09

Diálogo de incoherentes

Sin duda, uno de los aspectos más importantes de varias teorías del contrato social (entre ellas las de Rawls y Habermas) es la capacidad de los actores que participan del acuerdo —los ciudadanos ideales— de mantener un diálogo enteramente racional. Sólo entre personas que pueden expresar clara y racionalmente sus necesidades, intereses y deseos es posible debatir e intentar llegar a consensos sobre cuál de las opciones que se discuten es la mejor ruta para acercarse al bien común. En este proceso de alcanzar consensos, sin duda la virtud de ser razonable es fundamental, pues permite, por ejemplo, que las personas estén dispuestas a aceptar la fuerza de las razones de los otros.

De lo anterior, es importante recalcar que imaginarnos ciudadanos ideales no sólo permite construir hipótesis del supuesto diálogo que podrían tener entre ellos, y así crear propuestas de cómo debemos actuar en la sociedad de todos los días. También resulta que imaginar ciudadanos ideales indica un camino al cual deberíamos dirigir nuestros esfuerzos de ser y de educar. Entonces, si en el mundo hipotético necesitamos seres racionales y razonables capaces de expresar sus intereses, deseos y necesidades, ¿por qué en el mundo cotidiano no nos preocupamos por los discursos oscuros, incoherentes, faltos de rigor y llenos de verborrea que nos topamos todos los días ya no sólo en los medios de comunicación, en la calle, en los bares y en las aulas universitarias, sino también en la vida política? ¿Por qué, si es tan importante para la civilidad, no nos enseñan a dialogar?

José Gaos defiende que las personas, para ser buenos ciudadanos, deben aprender a manejar su lengua, y esto no se refiere sólo a tener conocimiento teórico de gramática y de historia literaria. Lo fundamental, nos dice, es que la gente “llegue a expresarse oralmente y por escrito con justa adecuación al tema y a la circunstancia ocasionales, lo que entrañará una disciplina del pensamiento, y aun del sentimiento y la voluntad”. No se trata, pues, de enseñar, como a nuestros acartonados y aburridos políticos, a mover las manos para indicar serenidad o decisión, sino enseñar a expresar ideas.

En mi artículo pasado defendí la virtud de guardar silencio como base para dialogar. Ahora defenderé cuatro virtudes que comparten la charla y el ensayo: la coherencia, la claridad, la concisión y el rigor. Manejarlas ayuda a decir lo que se quiere decir y, por ello, a dialogar en mejores condiciones.

Comencemos por la coherencia y revisemos a qué nos referimos cuando hablamos de ella. Para esto, creo que un buen primer paso es señalar las diferencias que existen entre ésta y la noción de sentido. Una frase con sentido es inteligible siempre y por ello no depende de dónde la situemos en un discurso. En cambio, sí decimos que una frase es coherente o incoherente según su lugar en éste. Así pues, el sentido y el sinsentido son absolutos, mientras que la coherencia y la incoherencia son relativas. En otras palabras, un sinsentido siempre es un sinsentido mientras que una frase incoherente puede, dependiendo de su relación con las que la anteceden y la siguen, volverse coherente. Kant tiene razón al subrayar la importancia de la razón práctica. Además, todo círculo es cuadrado.

Como se habrá notado 
—espero no haber sido muy burdo con mis ejemplos—, al terminar el párrafo anterior incluí una frase incoherente, la que habla de Kant, y una sin sentido. Espero que con esto quede clara la diferencia entre estas nociones: por un lado, la frase sobre Kant es perfectamente inteligible y se nota fuera de contexto, de ahí su falta de coherencia, pero no de sentido. Por el otro lado, la frase sobre geometría imposible —por definición no hay círculos cuadrados— es un notorio sinsentido, es como hablar del soltero casado. Así, pongámosla donde la pongamos, seguirá siendo inútil tratar de entenderla.

Entonces, si un párrafo incoherente es aquel que tiene frases incoherentes, un discurso o ensayo dejará de ser coherente cuando está plagado de párrafos desligados entre sí, que no se sostienen y apoyan juntos, incoherentes pues.

Destaquemos también que en las conversaciones existen respuestas incoherentes. Si me preguntan sobre Kant, no puedo contestar con un discurso acerca de Obama. Tampoco tendría por qué aceptar que me den una respuesta así. Y, sin embargo, en la vida política de este país, no sé si por hartazgo o condescendencia, aceptamos por respuesta cualquier incoherencia. Así, basta prender la radio —por no hablar del Congreso— para toparse con que los periodistas preguntan algo y sus muy célebres entrevistados responden cualquier cosa. Por ejemplo, hace unos días José Cárdenas le preguntó a César Nava, después de enumerar toda la evidencia, si era o no el delfín de Calderón para dirigir el PAN. Nava contestó cualquier cosa, usó la incoherencia como velo, al fin, en nuestra democracia —diálogo de incoherentes— nadie la castiga. Y esto porque estamos acostumbrados a la farsa y, sobre todo, porque quien carece de coherencia no identifica la incoherencia.

Desgraciadamente, cada año, en agosto, los salones de clase de las universidades se llenan de jóvenes estudiantes que algo saben de geografía, de historia, de biología, de física, etcétera, pero que no saben nada de coherencia. Y no saben porque nadie nunca les habló de sus cualidades e importancia y de lo terrible que es ignorarla. Así que hagámoslo: la coherencia, por un lado, nos permite mostrar a quien nos lee o escucha el hilo de nuestro discurso y en ese sentido no sólo le da fuerza a nuestro argumento, sino que nos ayuda a mostrar lo que queremos decir. Es una virtud de la conversación que echa luz. La incoherencia, por el contrario, esconde, es un velo que unos se ponen encima por ignorantes y otros —como Nava en el ejemplo aquí citado— por malicia y truco retórico. Como sea, debemos desterrarla, y es que una democracia donde dialogan los incoherentes no es otra cosa que, como el círculo cuadrado, un sinsentido.

La próxima vez hablaré de la concisión, la claridad y el rigor, también como virtudes del ensayo y la conversación.

En Campus

26.6.09

Loa de la incertidumbre (tercera parte)

En las primeras dos partes de este artículo —que se pueden consultar en http://www.campusmilenio.com.mx o en este registro— hablamos, entre otras cosas, de cómo se encumbró la idea de la certeza y con ella el sueño de construir una Teoría que pudiera explicar y predecir todo, lo que eliminaría definitivamente la incertidumbre. En esta última parte revisaremos algunos intentos racionales por clarificar el conocimiento, y también narraremos su fracaso.

Gottfried Wilhelm Leibniz dedicó parte de su vida a desarrollar un sistema universal, los characteristica universalis, cuyo fin era lograr que los hombres pudieran expresar todos sus pensamientos con una misma lengua “de manera tan definida y exacta” diría Leibniz “como la aritmética expresa números, o el análisis geométrico expresa líneas”. Además, tal sistema codificaría las formas válidas de argumentar por lo que distintos pueblos podrían dialogar unos con otros sin temor a confusiones o errores. Recordemos que Europa se hallaba profundamente dividida tras la reforma religiosa y por eso el esfuerzo del filósofo parecía práctico y urgente. En este sentido Toulmin señala que “Leibniz soñaba con crear las condiciones intelectuales y prácticas para un nuevo diálogo entre teólogos de distintos bandos”. Y es que, según pensaba, sus characteristica universalis contribuirían maravillosamente a la comunicación entre los pueblos.

Leibniz tenía frente a sí dos posturas filosóficas para sentar la base de sus characteristica universalis: o bien se basaba en la noción cartesiana de las ideas innatas, o bien en la noción de Locke que criticaba el innatismo y defendía que las ideas surgían en la mente a partir de la repetición de impresiones provenientes de los sentidos que a su vez son estimulados por el mundo. Sin embargo, ninguna de las dos posturas logró convencerlo. Por un lado, las ideas innatas de Descartes, independientes de impresiones sensoriales, basaban su certeza en la perfección de un Creador benévolo, premisa que no parecía muy racional a Leibniz. Por otro lado, las ideas de Locke dependían de que personas de distintas culturas tuviesen impresiones similares para generar las mismas ideas, cosa que no era fácil de aceptar tampoco y es que, como bien dice Wittgenstein, el significado se encuentra en la relación que hacemos entre una proposición y un hecho representado por ésta: “creamos para nosotros representaciones de estados de cosas”. Estados de cosas muy distintos en Siberia y en La Mancha, por decir algo. Y es que claro, la lengua universal de Leibniz necesitaba que las personas de todas las culturas vivieran sus vidas de formas tan similares como para generar como producto lenguas idénticas”. Leibniz se dio por vencido. El intento por otorgar certeza a la comunicación humana fracasó.

Veamos otra empresa por alcanzar la certeza. En 1687 Isaac Newton publicó Principios matemáticos de la filosofía natural. A partir de entonces la teoría planetaria de Newton —gracias, sobre todo, a su capacidad predictiva— llegó a ser considerada como el paradigma de modelo científico. Así, investigadores no sólo de lo que hoy llamamos ciencias naturales, sino también de lo que conocemos como ciencias sociales, comenzaron a seguir el modelo de la física newtoniana para construir sus propios modelos. Lo anterior, sin tomar en cuenta que los cálculos de Newton no bastaban para resolver el llamado problema del tercer cuerpo. Veamos: la teoría de Newton funciona muy bien para calcular el movimiento de dos cuerpos en el espacio —el sol y un planeta cualquiera del sistema solar—, pero no logra explicar los cambios en la trayectoria de los planetas que surgen de un tercer elemento gravitatorio —otro planeta—. Al respecto Toulmin nos comenta, “en lugar del sueño…de un mundo cuya historia es calculable en términos newtonianos, surge así el panorama de un mundo en el cual—dejando de lado el caso artificialmente simplificado del Sol y un único planeta— la predictibilidad completa es imposible”.

Así, pese a que para los físicos quedaba claro que no era posible explicar el sistema planetario sólo con la Teoría de Newton, en las ciencias sociales se siguieron construyendo modelos basados en ésta, “las ciencias humanas, y no menos la economía teórica, basaban sus programas no en un análisis realista de los métodos reales de la física, sino en su visión de una física que nunca fue” Nos dice Toulin. Entonces, si bien el método newtoniano permitió a la economía, por dar un ejemplo, ciertos niveles predictivos a partir de sus modelos, lo que no logró es otorgarles la certeza de que al aplicar sus modelo teórico en varios contextos diferentes obtendrían los mismos resultados prácticos. La máxima de Alfred Marshall “(la economía) es una maquinaria de aplicación universal para el descubrimiento de un cierto tipo de verdades” fue ya muchas veces refutada por la realidad. México es parte de esa realidad, basta ver cómo nos fue con los modelos de los muchachos de Chicago.

En fin, loemos la incertidumbre, que si bien desasosiega, también nos permite pensarnos como somos: diferentes —vemos el mundo de manera distinta y tenemos varias formas de explicarlo— y libres. La certeza total nos abrumaría.

El reino de la libertad

11.6.09

Loa de la incertidumbre (segunda parte)

Decía en la primera parte de este artículo que la desconfianza en la incertidumbre se basaba de alguna manera en la crisis general que le hacía sombra a la Europa de aquella época —siglo XVII—. Aquí veremos que esta desconfianza también hallaba sustento en la forma como se entendía el escepticismo —bastante determinada por la idea que se tenía de conocimiento—.

En buena medida, podemos decir que en el siglo XVII, gracias a René Descartes, se hizo a un lado el hasta entonces común escepticismo pirrónico y se batalló, sobre todo, contra alguna forma de escepticismo académico. Las diferencias son notables pues, por un lado, los pirronistas no afirman que conocer sea posible, pero tampoco se aferran a la idea de que conocer es imposible. Así, afirmar cualquiera de las dos opciones, dicen, sería puro dogmatismo. “Los pirronistas son incrédulos y libres de toda doctrina. Ninguno ha dicho ni que todas las cosas son incognoscibles ni que las cosas son cognoscibles” dice Fotio de Constantinopla en su Biblioteca. De hecho, siguiendo al patriarca Fotio, podemos decir que los pirronistas ni siquiera aceptan la idea de que lo único determinado es que nada está determinado.

A diferencia del pirrónico, el escepticismo académico, contra el que Descartes lucha, afirma que conocer el mundo exterior es imposible. Tal presunción se basa en que —como el mismo Descartes explica en la primera de sus Meditaciones metafísicas— los sentidos suelen engañarnos y, por lo tanto, no parece posible tener seguridad de que los datos que por sí solos nos aportan sean verdaderos. En este sentido, Rorty nos dice: “el escepticismo tradicional se había inquietado principalmente por el 'problema del criterio'… este problema, que Descartes pensaba que había resuelto él mismo con 'el método de las ideas claras y distintas', tenía poco que ver con el problema de pasar del espacio interior al espacio exterior”.

El escepticismo contra el que lucha Descartes tiene implicaciones paralizantes y, a diferencia del pirrónico, que nos abandona en un mundo de criterios dudosos cuya verdad es meramente convencional, el escepticismo del siglo XVII nos deja sin mundo.

Pero no hay que perder de vista que tal escepticismo cobra fuerza en la raíz misma de la teoría del conocimiento que surge en el siglo XVII. Para Aristóteles, el conocimiento era la identidad entre la mente y el objeto conocido; así, el problema de la verdad, más que epistemológico, era metafísico: la verdad dependía del objeto conocido, ya una forma perenne o contingente. En cambio, para los filósofos del siglo XVII el conocimiento era una representación cierta en el, como diría Rorty, ojo de la mente. Certeza que dependía del juicio hecho por ese observador interior.

Este brinco conceptual, sin duda, permite la existencia de un escepticismo más virulento: ¿cómo saber que las representaciones que vemos en el escenario interior tienen alguna relación con el mundo si nuestros sentidos, por medio de los cuales obtenemos tal representación, suelen engañarnos? “Toda teoría que entienda el conocimiento como exactitud de la representación, y que afirme que sólo se puede estar razonablemente seguro sobre las representaciones, hará inevitable el escepticismo”, señala Rorty.

Este nuevo programa de conocimiento, la epistemología, cuya misión es, según Rorty, pulir el espejo interior para lograr representaciones más claras, halla en la lógica y las matemáticas un manantial de supuesta certidumbre con cierto poder predictivo. A partir de entonces algunos métodos de investigación se consideraron serios, racionales, mientras que otros, los que buscaban lo razonable, fueron menospreciados como simple literatura, “las cuestiones de coherencia formal y de prueba deductiva fueron adquiriendo así un prestigio especial y lograron una cierta certeza que nunca pudieron reclamar para sí otros tipos de perspectivas”, nos dice Toulmin.

Así, con el paso del tiempo los filósofos académicos llegaron a considerar que autores como Michel de Montaigne no eran en absoluto filósofos. El sueño racional se encumbró. A partir de entonces se depositaron muchas esperanzas en la razón humana, pues no sólo nos alejaba de las bestias, sino que parecía salvarnos de la incertidumbre, ya no sólo teórica, sino cotidiana. De esta esperanza surgieron algunos sueños racionales que veremos en la última parte de este artículo, como la construcción de una lengua universal para que los seres humanos expresáramos claramente y sin errores nuestras ideas.

En Campus

4.6.09

Loa de la incertidumbre (primera parte)

Fue hasta el siglo XVII que la razonabilidad como método de investigación fue expulsada del ámbito de la razón por ser, supuestamente, un camino laxo que llevaba sin remedio a conclusiones inciertas. No de otra forma, los discursos que carecían de rigor científico —matemático— fueron calificados y descartados como meras narrativas sentimentales.

A partir de entonces y hasta hace muy poco se dijo que a la razón sólo concernían las investigaciones serias, claras y ciertas. Sin embargo, aún en el siglo XVI, los argumentos razonables y bien sustentados tenían en el mundo del conocimiento humano tanta aceptación como las demostraciones matemáticas. Los humanistas confiaban plenamente en la retórica como un instrumento para librar obstáculos, al mismo tiempo que desconfiaban de la lógica como instrumento para resolver dilemas morales.

Así las cosas, no era raro encontrarse discursos como el ensayo Del arte de conversar, de Michel de Montaigne, en el cual el conocimiento lógico era tachado de meramente formal, como algo inútil para resolver los problemas de los hombres, “¿quién es capaz de no desconfiar de las ciencias, y quién no duda si de ellas puede sacarse algún fruto sólido para las necesidades de la vida, considerando el empleo que del saber hacemos?”, se pregunta. Y continúa: “¿quién ha conseguido un entendimiento con la lógica? ¿Dónde concluyen tantas hermosas promesas?”, si la lógica, al fin y al cabo —dice Montaigne con palabras de Cicerón—, “no enseña a vivir mejor ni a razonar más ventajosamente”.

La incertidumbre era bien acogida en 1580, cuando Montaigne publicó los primeros dos volúmenes de sus ensayos. Entonces se podía afirmar que la verdad no era el objetivo de las investigaciones humanas, “no está la verdad, como Demócrito decía, escondida en el fondo de los abismos, sino más bien elevada a una altura infinita, en el conocimiento divino”, escribe Montaigne. Así, “el mundo no es más que la escuela de la búsqueda”, concluye.

Sin embargo, en el siglo XVII algo aconteció que muchos dejaron de sentirse confortables con la posibilidad de que la incertidumbre pudiera convivir con el conocimiento.

Tanto Stephen Toulmin como Richard Rorty, muy críticos los dos con el mundo de la certeza que se comienza a construir a partir del siglo XVII, creen que fueron dos hechos históricos —muy ligados entre sí— los que ayudaron a que la retórica y lo razonable fueran desterrados del ámbito de los métodos de investigación: primero la crisis institucional que se vivía en Europa tras la Reforma protestante y, después, la terrible situación política, económica y humanitaria de la Guerra de los 30 Años y la subsecuente posguerra; al mismo tiempo, además, los sucesores de Copérnico ponían en duda el sistema cosmológico que ordenaba el mundo. Europa estaba sumida en una crisis general. Así, Rorty afirma que “el giro epistemológico realizado por Descartes quizá no se habría adueñado de la imaginación de Europa si no hubiera sido por una crisis de confianza en las instituciones establecidas”.

Toulmin, por otro lado, nos comenta: “en una Europa dividida por la guerra, la modestia de los humanistas del siglo XVI acerca del intelecto humano, y su gusto por la diversidad y la ambigüedad, se consideraban un lujo”. No de otra forma, “la aparente certeza de los métodos matemáticos de Galileo tenía un atractivo natural, y pronto éstos se extendieron”.

El giro epistemológico de Descartes al que Rorty se refiere es fundamental para el encumbramiento de la certeza. Hasta Montaigne, el escepticismo pirroniano era bien tolerado: se negaba la superioridad de una teoría sobre otra, había, por llamarlo, como lo hace Toulmin, escepticismo por la teoría, que “tuvo sus seguidores a finales del siglo XVI… y constituyó un reto para los pensadores y los escritores más jóvenes (René Descartes y Blaise Pascal, entre otros) que veían el mundo de otra manera”.

Cuando Galileo dejó la física especulativa y se dedicó a las mediciones precisas del movimiento de los cuerpos, logró postular la ley de la caída y de la trayectoria parabólica de los mismos —corría el siglo XVII—. Al hacerlo de una manera estrictamente matemática, “compuesta de deducciones formales que cumplían una cierta necesidad lógica”, señala Toulmin, “su nuevo método parecía proporcionar una manera de superar las incertidumbres, ambigüedades y desacuerdos que la gente había tolerado —e incluso disfrutado— en el ámbito de las humanidades”.

Descartes se sumó al proyecto de Galileo enseguida para intentar salvarse de la incertidumbre, el nuevo método se irguió como superior y descartó los demás. La incertidumbre y la razonabilidad eran expulsadas del conocimiento, Complicándole la vida a la filosofía moral. Ya volveremos al punto en este espacio.

En Campus 

5.5.09

De taxidermistas e incensarios

En 1975 el filósofo australiano Peter Singer publicó Animal Liberation, libro donde, entre otras cosas, cuestionó la idea de que los animales son nuestros y que, por lo tanto, podemos usarlos como se nos dé la gana. A partir de su publicación, la obra de Singer también impulsó el debate filosófico sobre el estatus moral de los animales.

Tras años de arduos debates se llegó al acuerdo general de que los animales no son meros autómatas, que tienen la capacidad de sufrir y que, por lo tanto, merecen alguna consideración moral, pero ¿qué tipo de consideración moral —los animales, por ejemplo, no son responsables de sus actos— y hasta qué punto debe llegar ésta?

Una de las bases fundamentales de la ética, y no sólo la utilitarista, es evitar el daño innecesario a otros seres humanos —la defensa propia, por ejemplo, es un caso necesario y que se puede sustentar con buenas razones—. Así, resulta difícil ver de qué manera dañar a otro puede justificarse moralmente.

Partiendo de esta idea, el filósofo Michael Fox, que en un principio defendió que los humanos no tenemos ninguna obligación moral con los animales, afirma arrepentido que, finalmente, llegó a convencerse de que nuestra obligación moral básica de no dañar a otras personas debe ampliarse también a los animales. En este mismo sentido, R.G. Frey asevera que los animales son parte de nuestra comunidad moral porque sufren.

Entonces, así como no tenemos razones para dañar innecesariamente a otros humanos, tampoco será fácil encontrarlas para explicar por qué podemos hacer sufrir innecesariamente a los animales. Ahora, ¿esto a dónde nos conduce? Seguramente a que las corridas de toros son inmorales —tendríamos que sopesar los intereses de quienes las disfrutan con el dolor y la muerte—, igual que la caza deportiva y a que, por dar otro ejemplo, no debemos comer carne de animales que nacen, viven y mueren en condiciones de sufrimiento, como casi todos aquellos criados en granjas industriales. Sin embargo, lo anterior no quiere decir que, si bien parece inmoral disecar cabezas de alces producto de la caza y colgarlas en la pared, las personas dejen de disecar, si así lo desean, a sus mascotas muertas. Tampoco quiere decir que dejemos de comer carne, bien es posible —aunque caro— que los animales crezcan, vivan y mueran sin sufrimiento: siempre es importante fijarnos en los casos concretos, sólo los fundamentalistas o los miopes obvian los detalles.

Analicemos un caso puntual, Nucita esun perro disecado que sirve como cenicero, obra del artista mexicano Artemio. Fue expuesta recientemente en Zona Maco y causó indignación entre grupos de defensores de animales. Pero, ¿cuál es la base de justificación para reprocharle al artista la pieza? ¿Es que debemos criticar cualquier obra de taxidermia? No.

Podemos reprobar las patas de elefante que se usan como base de mesa si el elefante fue cazado ex profeso para ser mueble, así como en general los trofeos de caza. Sin embargo, tras la muerte natural de un animal —sobre todo si fue mascota—, no veo el argumento para decir, como lo hicieron muchos, que es abusivo, dantesco, inhumano, contrario a la vida, disecarlo. Tampoco juzgamos como inhumanas las momias egipcias —faraones disecados— ni, contrarios a la vida, los cuerpos conservados de Lenin o de Jeremy Bentham. Al contrario, muchas personas los admiran e incluso les rinden culto.

Sin duda, debemos cambiar nuestra relación con los demás seres que sufren, es inmoral dañar sin razón. El mundo nos ha llevado a escenarios en los que, en pos de ganancia económica, poder político y vanidad, unos maltratan a otros. Y no hablamos sólo del maltrato animal. El planeta tiene miles de millones de seres humanos pobres, hambrientos, que padecen y mueren de enfermedades curables y que no tienen posibilidad alguna de salir de su situación, como terneras encerradas. El desastre exige compromiso, responsabilidad, pero también prudencia, no podemos ir por el mundo declarando fatwas banales: quizá a muchos defensores de animales les lastima ver a un perro disecado como cenicero, pero a otras personas que extrañan al animal muerto quizá puede darles calma —es importante analizar el contexto—, también al Sha de Irán le lastimaron Los versos satánicos de Salman Rushdie y eso, sin embargo, no excusa la intolerancia ni los discursos incendiarios.

Así pues, debemos discernir las pasiones de las razones y tener cuidado con nuestros juicios. Muchas veces, al defender una causa justa sin matices, terminamos siendo fundamentalistas y afirmando que sólo nuestra manera de ser es adecuada.

A mí no me gustan los animales disecados, tampoco el olor del incienso, sin embargo no voy por el mundo prohibiendo taxidermistas ni apagando incensarios. La felicidad tiene muchos derroteros, que cada quién escoja el suyo mientras sea razonable y no lastime innecesariamente. El otro camino —imponer nuestra forma de ver el mundo— es terrible. La intolerancia suele degenerar en violencia.



En Campus

17.4.09

Prender el asador

Hace más de nueve años, sentado en un aula de Northwestern University, escuché por primera vez la siguiente pregunta —obviamente, era yo quien la escuchaba por primera vez, no es que entonces fuera formulada—: ¿desaparecerán los periódicos en su formato de papel? La respuesta del profesor que nos hacía la pregunta fue categórica: no, así como tampoco desapareció la radio con la llegada de la televisión.

En aquel entonces, el periodismo en nuevos medios —especialmente internet— cobraba vigor y se debatía sobre cuál era el mejor formato de negocio para los portales de los grandes diarios, gratuitos o de libre acceso, por ejemplo. La publicidad en la red aún era escasa y quienes apostaban por la revolución digital perdían dinero con miras al futuro, pensando que el tránsito natural de sus lectores sería del formato de papel al digital.

Y esto sucedió en parte, pero sólo en parte, porque si bien es cierto que un amplio grupo de personas dejó la edición de papel para leerla en la pantalla, otros tantos no sólo abandonaron la versión tradicional del periódico, sino también la de internet. Así, ya no recurren únicamente al quiosco o los portales de los diarios para enterarse del estado de cosas nacional o internacional; acuden a blogs, a redes sociales, a concentradores de noticias. La prensa perdió su hegemonía.

Más grave que la migración de lectores ha sido la fuga de publicidad. En internet, por ejemplo, Google concentra más de la mitad. Además, los anuncios clasificados se trasladaron del papel a sitios especializados en la red, donde es mucho más fácil buscar, anunciarse, comprar, intercambiar, vender. Los periódicos perdieron buena parte de su tajada. En tal contexto, la pregunta que hacía el profesor de Northwestern University hace nueve años deja de ser la más relevante; el asunto urgente ya no es si desaparecerán los diarios en su formato de papel, es, más bien, si desaparecerán los diarios.

En este punto debo decir que la pregunta es retórica, pues a la vez que es cierto que en Francia y en Estados Unidos, por decir algo, los periódicos más emblemáticos, por no hablar de los diarios locales, se encuentran en serios apuros económicos, también resulta evidente que, más que disminuir, el consumo de información aumenta. El asunto no está en que las personas no quieran saber, es que quieren enterarse de otra forma. La prensa debe transformarse.

Al respecto debo señalar que los periódicos cometen muchos errores, déjenme enlistar algunos relativos a la prensa de nuestro país: 1) nadie acude a un diario mexicano para leer su sección internacional, esto porque sólo copian y pegan notas de agencia. Si no le añaden contexto, análisis, no veo el motivo para acudir a sus páginas; 2) el adelgazamiento de las secciones culturales es otro ejemplo. Si bien parece ahorrarles unos pesos, en la visión global aseguro que pierden. Es fácil ver que las secciones culturales no son capaces de atraer publicidad directamente, pero generan valor y estima; 3) la baja calidad de los redactores, editores y reporteros repugna, sus faltas y errores son como cucarachas en el techo de un restorán.

Por último, señalaré el que a mi parecer es el error más profundo: 4) los diarios han perdido credibilidad gracias a su poca calidad, a su avaricia pero, sobre todo, por entregarse lujuriosamente al carnaval de la inmoralidad: no les importa difamar, mentir, ser parciales con tal de ganar dinero y defender sus intereses. Hoy una noticia en el periódico es como una entrada de Wikipedia; necesitamos contrastarla. Parece más rumor que periodismo. Lo peor es que la crisis de los diarios se refleja en los otros medios informativos, no pasemos por alto que radio y televisión basan en gran medida su contenido en noticias impresas, a esto Bourdieu lo llama circularidad.

En la actualidad, podemos encontrar en cualquier parte las notas de agencia, basta un botonazo del mouse. Lo que no es común son las buenas plumas, las investigaciones a fondo, la altura moral. Claro que los diarios deben reinventarse en cuanto a formato y buscar nuevas formas de atraerse publicidad, pero también es cierto que deben revalorar el trabajo periodístico y retomar el camino de la calidad. Las notas bien escritas siempre tendrán público, igual que las buenas columnas.

La irresponsabilidad de los medios, como la de los corredores de bolsa, es en buena parte la culpable de su situación actual. La crisis hará que las empresas automovilísticas produzcan coches más pequeños y verdes. Así también es de esperar que lleve a los medios a buscar alternativas: o convertirse en tabloides con portadas eróticas y notas amarillistas o a buscar el nicho de la calidad y los principios morales: definan un código de ética, formen un comité que lo vigile, busquen plumas inteligentes, construyan contexto, analicen, expliquen, aléjense de las mieles del poder: investiguen, echen luz sobre las corruptelas y verán que salen airosos de la crisis.

Apunte final: los periódicos de papel seguirán existiendo, igual que las revistas, los libros, los acetatos, hay personas que valoran el objeto. Además, como alguna vez me dijo un compañero, “con tu compu no puedes prender el asador”.

en Campus

30.3.09

Semidioses de basura

Comencemos de forma ordenada, propondré tres prolegómenos: 1) bastan tres meses, dice un reporte de prensa, para que un joven pase de vendedor ambulante a sicario del narcotráfico, puesto de trabajo que le deja, obviamente libres de impuestos, 10 mil pesos a la semana. Más o menos el salario de un mes, según el tabulador de la UNAM, de un profesor de tiempo completo asociado B (sin sumar estímulos).

2) Otro reporte afirma que la crisis expulsará a un amplio número de estudiantes de las escuelas privadas, muchos irán a la educación pública, que por más que la denosten puede ser buena opción (según los casos). Desgraciadamente, otro buen número de estudiantes preferirá escuelas patito, de las que conocemos, por decir lo menos, su mediocridad: son una estafa. El reporte no nos dice cuántos estudiantes dejarán la escuela pública para sólo trabajar, pero podemos suponer que los habrá, esperemos que no en grandes números.

3) La educación es fundamental para romper la exclusión social y la desigualdad.

Bien dice el economista Adolfo Figueroa que para comenzar a romper el círculo de exclusión necesitamos desempacar la escuela y enseñarle a los excluidos “aquello que la escuela da por partes, y esas cosas que son importantes, como el manejo numérico y la capacidad de lectura”, lo que les permitirá generar, a pesar de que el Estado no garantiza sus derechos, oportunidades de mejorar sus condiciones de vida y de ser felices. Pero claro, para que sea posible este salto cualitativo es necesario persistir, esforzarse, ser paciente y creer que la honestidad es valiosa y debe perseguirse porque da satisfacciones. Pero la evidente injusticia: nadie juzga a los corruptos y a los delincuentes que gobiernan; la clara injusticia pública del nepotismo y el tráfico de influencias que coloca en buenas posiciones salariales (digamos diputados) o empresariales (recordemos, al menos, a los hijos de la esposa de Fox) a los familiares de la clase política, genera por lo menos una pregunta: ¿la honestidad es sólo una virtud para los marginados? No.

El narcotráfico abre las puertas del ascenso social en pocos meses, lo único que se necesita es dejar de preocuparse por los valores, y no es difícil frente al desamparo y la desigualdad, ¿para qué ser honesto en un país de injustos? Y seguramente subir tan rápido y tan joven deslumbra. De no tener nada, o muy poco, en 90 días los nuevos sicarios pueden dispendiar, sobornar, matar, ejercer poder. En pocas palabras, imitar a la clase política, empresarial y farandulera en su soberbia, desdén y altanería.

Terminar una carrera no abre las puertas del futuro. Hoy es necesario persistir, bajar las miras, ir poco a poco. Buscar trabajo en sitios inimaginables y lejos de la vocación, pero claro, la vocación primaria, el instinto, es sobrevivir.

Las clases sociales en México se detestan porque, entre otras cosas, no se conocen, conviven poco. La escuela pública tiene esa ventaja sobre la privada, acerca a los distantes, permite desmitificar a la otra parte. Para respetar al otro primero necesitamos conocerlo. México requiere más escuela pública como entorno para un diálogo entre los distintos. Como espacio público. Quizá la crisis nos abra esta oportunidad al llevar a los alumnos de las escuelas privadas a las públicas.

Lo que no dice Adolfo Figueroa, porque su análisis es económico, es que la educación no sólo ayuda a romper la exclusión, también genera cohesión y puede abrir las puertas de los valores, pero no adoctrinando, enseñando ética, que no es otra cosa que la justificación del deber ser frente al ser. Es un proyecto que asume que la mejor forma como los distintos pueden estar juntos es respetando la idea de ser humano y protegiendo a cada persona.

Si queremos que los jóvenes que padecen la terrible desigualdad de este país dejen de seguir las vías rápidas que les abre el narcotráfico, es menester generar oportunidades de mejorar la vida, pero también, y esto no podemos dejarlo de lado ni olvidarlo, exigir que se termine la impunidad y despreciar la soberbia, la altanería y el desdén de quienes se sienten aristócratas porque está mal, es incorrecta e inmoral.

Seguramente los jóvenes sicarios no siguen la carrera de asesinos porque quieren ser como El Chapo —escondido y perseguido—. Más bien quieren ser como futbolista, o como hijo de político, o como actor de telenovelas: desayunar champaña rodeado de mujeres mientras desdeñan a los mortales. Sin embargo sucede que la sociedad es de los mortales, de los iguales en derechos y libres. Así pues, descalifiquemos moralmente a esos semidioses de basura que la televisión ensalza y enseñemos ética en una escuela pública que cada vez será —por la crisis y las altas colegiaturas— más plural y solicitada.

En Campus

12.3.09

Refundación o matadero

Los mexicanos del siglo XXI heredamos del proceso histórico que ha forjado nuestra realidad una dicotomía que urge desmantelar: la que hay entre gobierno —clase política— y ciudadanos de a pie. Así, es importante reconocer que los bienes de la nación no son del gobierno, son nuestros; que las leyes no las imponen los gobernantes, las legislamos todos; que las políticas sociales no son dádivas de los jerarcas, sino distribución de la riqueza.

Nacemos en una sociedad organizada bajo normas que nos damos, no estamos juntos por azar, más bien nos reunimos en pos del bien común, en busca de la justicia, que, sin duda, es la virtud fundamental de toda sociedad política.

Aristóteles, por ejemplo, si bien defiende en su Política la esclavitud como algo ajustado a la naturaleza —asunto que no debemos justificar, pero sí comprender en su contexto—, entiende que la polis congrega a los ciudadanos —aquellos libres, que pueden ser elegidos— para alcanzar la utilidad común: “la polis es la asociación de familias y aldeas para una vida perfecta…y ésta es, como decimos, la vida feliz y bella”, la vida justa, las oportunidades de realizar la propia idea razonable de bien.

Si estamos juntos, pues, es porque creemos que la buena vida humana sólo es posible en sociedad, si viviéramos solos, cada quien por su lado, no tendríamos hospitales ni universidades ni teatros ni imprentas, por no decir que sería imposible mantener un diálogo, cultivar un lenguaje. Ahora claro, esta vida buena no se alcanza en cualquier sociedad. Sólo es posible en aquella que tiene como finalidad el bienestar. Esto último debemos subrayarlo porque también hay —sobran— sociedades que no buscan el bien común, sino afianzar los intereses de unos cuantos, que no es otra cosa que injusticia. Así es el México de hoy, así ha sido siempre, nunca la justicia apaciguo nuestros valles y lagunas.

Aristóteles tiene claro todo esto y por eso nos dice en el libro tercero de la Política que el fin de la polis es el bien vivir: “puesto que en todas las ciencias y las artes el fin es un bien, principalmente y sobre todo lo será en la principal de todas, y esa es la actividad política. Y el bien político es lo justo, es decir, el bien común”.

Qué poco entendemos los mexicanos esto. ¿Cómo es posible que alcancemos el bien común si no tenemos conocimiento de que estamos juntos con ése propósito? En realidad si convivimos es porque así nos tocó, es culpa del destino y no un acuerdo político, es capricho y no proyecto, es desgracia y no esperanza, es temor y no consuelo.

“No es tarea menor reformar un régimen que organizarlo desde el principio”, escribe Aristóteles. Frente a la debacle de nuestra transición democrática —no podemos cambiar sin anhelo, desganados, llenos de hastío y en la zozobra, y menos todavía con los mismos al mando (porque los ex priistas están en todos lados)—. Y porque no es tarea menor, quizá en lugar de reformar debiésemos refundar. La idea no es nueva. Thomas Jefferson, por ejemplo, insistía en que ninguna sociedad puede escribir una constitución perpetua y que la Tierra pertenece a la generación viva. Así, defendía que cada generación estadunidense debería hacer transformaciones profundas a su constitución.

Pues los mexicanos necesitamos darnos normas y creer en ellas. Esto no es otra cosa que entender que sólo bajo su regulación alcanzaremos cualquier posibilidad de bienestar. No sé si refundar pasa forzosamente por transformar profundamente nuestra Constitución. Sin embargo, si tal procedimiento constituyente ayudara a fortalecer el apego de los ciudadanos a sus leyes y despertara una ola de civismo y anhelo, si despertara aprecio por las normas y entendimiento de las mismas. El proceso no sería vano.

Desgraciadamente, no podemos encargarle a quienes hoy legislan esta tarea, la nueva Constitución tendría que venir de los ciudadanos, de discusiones en cada pueblo y cada barrio, para que la gente efectivamente se sintiera partícipe del pacto, del nuevo orden, de la transición, de refundar nuestro país y, sobre todo, para que renaciera la confianza.

La justicia es posible, también vivir mejor. Es asunto de aceptar nuestras diferencias, respetar los distintos estilos de vida y creer en las leyes como la posibilidad de ser libres y aumentar el bien común. Todo lo demás es aquelarre, tranza en lo oscurito, pantomima, un estar reunidos como vacas en el matadero: sin salida, sin entender nada, entregados a la desgracia.

en Campus

5.3.09

No tenemos que ser egoístas

Vivimos en el mundo de los egoístas y nos parece normal, por cierta noción confusa de individualismo: “sólo pienso en mí y está bien”. Esta idea no puede sino ser el final —que no finalidad— de toda sociedad con espacio público. Si somos estrictos, nada común puede existir en una sociedad de egoístas. Y este espacio común al que me refiero no es representado únicamente por Chapultepec, el Zócalo, Teotihuacan, las playas —que en la práctica muchos hoteles hacen privadas—. El espacio público más importante no es físico, no está en el ámbito del ser, sino en el de los proyectos, en el del deber ser. Así, en ese espacio común están las leyes y, más importante todavía, el espíritu en el que se fundan, que debe ser una noción entendida y en términos ideales, justificada por todos. A su sombra se debe ejercer el poder. Lo contrario sólo abre la puerta de la violencia.

En este tenor, por ejemplo, subrayó Joseph Ratzinger lo siguiente en un diálogo que sostuvo con Jürgen Habermas antes de ser Papa: “el poder ejercido en el orden del derecho y a su servicio está en las antípodas de la violencia, entendida ésta como poder sin derecho y opuesto a él”. Poder sin derecho y opuesto a él, ahí se encuentra el manantial —que más bien borbotón— de la violencia. Cuando los egoístas reinan no queda espacio para el diálogo, los acuerdos, la palabra, sólo los cuernos de chivo y las granadas de fragmentación hablan. La violencia puede tener dos finales, la paz perpetua, entendida no como lo hacía Immanuel Kant, sino como el campo plagado de muertos donde ya no quedan voluntades, un cementerio pacífico donde yacen los egoístas que se exterminaron entre sí, el fin de la historia, o puede terminar bajo el deber ser de la ley y la moral: la violencia no cabe, o, como dice el hoy papa Benedicto XVI, está en las antípodas del espacio común.

¿Y cómo hemos llegado tan lejos? Creo que nunca hemos sentido como común el espacio común. Además, el deber ser “acordado” sigue lejos de convertirse en un derecho real —practicable— y sigue plasmado en la constitución como un mero derecho formal. Los egoístas no hallan razón para ser solidarios, para participar en el mundo que construimos todos y por eso es el cinismo más ramplón el que avanza y por eso también la violencia se desboca.

Abordemos ahora el asunto del egoísmo, del que muchos, sin razón, dicen que es natural a la psicología humana y así afirman: “no podemos actuar sin ser egoístas, todo lo hacemos por interés propio”.

Aristóteles definió “egoísmo” en su Política de la siguiente manera: egoísmo “no consiste en amarse a sí mismo, sino en amarse más de lo que se debe”. Este punto es fundamental, pues ahí justo se halla la trampa de los que defienden que el egoísmo es inevitable, el interés propio no es lo mismo que el egoísmo. Si una persona se siente enferma y acude a la consulta de un médico es claro que lo hace por interés propio, quiere sentirse mejor, pero no que lo hace por egoísmo. Ser egoísta no es sólo pensar en uno mismo, es no pensar en los demás. En este sentido, ser solidario, respetar y contribuir con la fortaleza de lo común no se explica desde el abandono del yo, claro que pensamos en nosotros mismos cuando defendemos el derecho y la expulsión de la violencia, pero también pensamos en los demás. Los egoístas no tienen un cálculo racional sobre el futuro, van por la vida sin preguntarse qué vía de acción es la correcta, piensan que se los dicta su ser: “lo correcto es lo que yo quiera”. Pero, claro, cuando lo que yo quiero no es lo que tú quieres, cuando no tenemos normas para decidir qué es justo hacer, entonces sólo nos queda empuñar la cimitarra, jalar el gatillo y disparar la ráfaga. La violencia es el triunfo de la injusticia.

Vivimos en el país de los egoístas, de aquellos que no se preocupan más que por su bienestar inmediato, porque en cualquier plan medianamente racional, pensar en los demás es mejor que entregarse al festival del yo. No hay forma de construir proyectos comunes si no dejamos atrás esta idea equivocada de que sólo podemos ser egoístas, no es cierto, sobran ejemplos de conductas humanas en las que los sujetos hacen por los demás cosas incluso a pesar de dañarse a sí mismas. El egoísmo es animal, los perros no comparten sus croquetas, nosotros sí podemos compartir el vino y el pan. Pensar en los otros es el camino de la humanidad.

En Campus

19.2.09

Del hastío a la esperanza

Quizá el estado de ánimo más humano es la esperanza, el anhelo, la confianza de alcanzar una mejor forma de estar bien en el mundo. Así pues, ideamos un estado de cosas al que encaminamos nuestros esfuerzos: el socialismo, la igualdad, la democracia. Vamos esperanzados por el mundo porque queremos vivir mejor. Así, los judíos siguieron a su Tenoch para huir de Egipto y los aztecas siguieron a su Moisés en pos de la tierra prometida, la tierra ideada. Somos, pues, una idea, nuestra idea de lo queremos ser —aunque nunca lo logremos—. Somos, pues, lo que aún no somos pero queremos ser: anhelo.

Pero, ¿qué pasa cuando dejamos de creer en la idea que teníamos de nosotros mismos, cuando el anhelo se vuelve hastío, cuando en la mitad del mar la tripulación ya no cree en su Cristóbal Colón ni en las Indias? ¿No es una paradoja de la democracia que la mayoría de los ciudadanos no crean en ella? ¿Qué podemos decir los liberales frente a un plebiscito imaginario, donde la mayoría vota contra la democracia? ¿No sería una imposición mantenerla como sistema de gobierno, la dictadura de los demócratas?

En México usamos mucho la palabra “desencanto” para referirnos a la democracia, como si hubiéramos estado alguna vez encantados con ella. La palabra más certera es desesperanza, es hastío, es desconfianza. Seguimos a un Tenoch que se come nuestras viandas para el camino, a un Moisés que sólo abre las aguas para él y sus allegados.

La democracia está en peligro, y no lo digo en tono alarmista, previniendo a quienes me escuchan del advenimiento de la violencia. Está en peligro porque una democracia sin ciudadanos que la defiendan se torna pantomima, farsa autoritaria.

El hastío no es sólo una plaga de finales del siglo XX, es un síntoma clarísimo de una democracia enferma, del triunfo de los intereses más ruines. Y hay un ejemplo desgarrador: no sé qué ha sido peor, pero tanto el PAN como George W. Bush gobernaron, hasta hoy, ocho años. La diferencia es que en Estados Unidos triunfó la esperanza y en México, al contrario, el hastío se apodera de las personas.

Tras el triunfo de Barack Obama, podemos ver que la democracia retoma vigor en Estados Unidos. En nuestro país, en cambio, brilla menos que la luz de un piloto de estufa cochambrosa. Después de ocho años de gobiernos federales de derecha, el partido de la revolución institucionalizada —el autoritario, el de las matanzas, la corrupción, la censura— ganará, o así parece, las elecciones de 2009. Desde ahí intentará forjar su camino rumbo al triunfo en 2012, el lobo vestido de oveja, o peor, Ulises vestido de Beatriz.

¿Dónde está nuestro Obama, por así decir? ¿Dónde está la esperanza? No estará escondida tras los lentes y la gomina de Marcelo, ni en la “legitimidad” de Andrés. No estará tampoco en la “pritavización” de Chucho y su amiguita cocinera —qué elocuencia, eso es un discurso progresista—, ni en la fragmentación de la izquierda. Para “salvar a México” necesitamos renovar el discurso y, más todavía, transformar el Estado. Así pues, no requerimos tanto un Obama como un Martin Luther King. Requerimos un reformador, necesitamos un sueño. No habrá transformación, o será amorfa, si no decimos primero “I have a dream”, los sueños hacen del hastío esperanza.

Está claro que estos sueños no se sueñan, se construyen. Debemos idear uno que rompa la inercia histórica del tobogán, ¿cuánto más podemos caer?

Sin embargo, es importante no olvidarnos de que el hastío está sediento de esperanza y que por eso es la tierra más fértil para los charlatanes, las Iglesias salvadoras, los políticos del atole y el dedo. Digo esto porque es fácil incitar a seguir un sueño mediocre cuando necesitamos un sueño refundador. Y como más que en líderes creo en ideas, es menesteroso pensarlas: Tengo un sueño, que este país un día tendrá leyes justas que darán a todos sus ciudadanos la posibilidad de realizar sus ideas de bien, un país en el que las mujeres, los indígenas, los homosexuales, los diferentes nunca más serán discriminados, sobajados, maltratados. Un país donde los ciudadanos jamás permitirán de nuevo que los gobiernen los corruptos, los impunes, los cómplices de los criminales, los facciosos.

Así pues, un país que eduque a sus ciudadanos en el civismo, la solidaridad, el respeto y la tolerancia. Un país sin muertas de Juárez, sin Oaxacas ni Acteales. Tengo un sueño, que un día en este país los sindicatos puedan escoger libremente a sus líderes y que ellos nunca más se perpetuarán en el poder y se enriquecerán a costa de los agremiados. Donde los partidos políticos elegirán a sus candidatos en elecciones primarias. Un país donde no habrá jamás sobornos, tratos preferenciales para los adinerados. Un país donde las policías sean eficientes, útiles, respetables y tengan mucho menos trabajo. Una tierra sin violencia, donde se redistribuya la riqueza. En fin, sueño con un país sin hastío, donde pueda haber esperanza.

En Campus

30.1.09

Razón o prejuicio

¿No será que nos peleamos por las ideas equivocadas? Seguro que vale la pena morir en el intento de realizar un mundo más justo, o por defender a las personas que queremos. Sin embargo, morir o matar, por ejemplo, por la prohibición del Estado de que se trasiegue y consuma cocaína —o cualquier otra droga— no sé si tiene alguna justificación. ¿Por qué idea están dando la vida los soldados mexicanos? ¿En qué razones se funda prohibir el consumo de ciertas sustancias cuando, al mismo tiempo, otras igual de nocivas se permiten —pensemos en el alcohol o el tabaco, por decir algo—?

Entiendo quizá dar la vida ante la entrada de un ejército extranjero, o en pos de terminar con una dictadura. Pero morir o matar por defender a la vez el libre mercado y la prohibición de mercancías, es difícil de justificar. Además, son mercancías que se distinguen, por decir algo, de las armas u otros bienes —que son males— en el sentido de que dañan sólo a quien las consume. Es decir, no defiendo que el Estado deba permitir el tráfico de toda mercancía, pero sí ser consecuente y dar razones de por qué motivo se permite o prohíbe cierto producto.

Así, pues, dejemos la farsa, ¿qué es peor, el consumo de drogas o el de niñas? Porque, como a mí me parece a todas luces, si es peor la pederastia, no entiendo por qué la fuerza del Estado y los discursos se dirigen contra el mal que, comparado con el otro, es menor. ¿No será que estamos peleando por las causas equivocadas?

¿Cuál es el argumento para prohibir las drogas?, porque no puede ser que las abuelitas dijeran que los "mariguanos" son personas muy malas, lo mismo decían las abuelitas de Alabama sobre los negros. Con esto quiero decir que las políticas públicas no se pueden fundar en prejuicios ni tabúes. Quizá el argumento es que el consumo daña la salud, como lo hacen las hamburguesas, pero no veo por ningún lado la guerra a balazos contra las hamburguesas.

Las drogas, se puede decir, generan depresión, abandono escolar, violencia intrafamiliar, suicidio, problemas de salud. Ahora, lo mismo se puede argumentar contra el alcohol y, sin embargo, lo combatimos de manera diferente.

Sospecho que la decisión de batallar contra las drogas, especialmente la cocaína, se debe a que Estados Unidos de América exige que se frene el tráfico hacia su frontera, pide que nuestros soldados den la vida para defender la salud de sus jóvenes. La vida de un muchacho de Morelia vale menos que la de uno de Pasadena.

Nos estamos peleando por las ideas equivocadas y a sabiendas de la doble moral estadounidense.

¿Cuánto nos hemos gastado en la guerra contra el narcotráfico? En un año de tan profunda recesión económica, ¿no nos vendría mejor gastarnos el dinero de las armas en alimentos, en infraestructura y libros, en laboratorios científicos y escuelas? Jóvenes con trabajo, educación y buenos argumentos podrían relacionarse mejor con las drogas. Pero la guerra está perdida desde que quien consume cocaína no siente que hace mal. Y hoy los jóvenes no tienen empleo ni encuentran razones que justifiquen nada. Si la moral se disuelve es porque se desvanecen los argumentos para actuar de una u otra forma. Y ése es el otro problema de la guerra contra el narcotráfico, que no se sustenta en argumentos, que la gente cree cada vez menos en ella y que nos desasosiega. Si ya era sombría la realidad de este país, lo es más bajo la violencia de la confrontación armada.

Es fundamental abordar el tema de la legalización —y muchos otros— sin prejuicios, pero para ello, claro, debemos quitárnoslos de encima y dejar de ser facciosos e intransigentes. Desde esta perspectiva, asusta que el presidente de la república no se dé cuenta del peso conceptual que tiene su presencia y su discurso en el encuentro de las familias patrocinado por la Iglesia católica, pues da la impresión de que apoya la agenda conservadora que quiere desterrar el laicismo: no se puede pedir unidad y despreciar a quienes no piensan como él.

Este año electoral deberían privar las razones y no los discursos de odio, la parte racional y no la pasional, pero no estamos acostumbrados a argumentar. Empero, ya es hora de que apelemos a la razón y no a los prejuicios o sólo nos quedará pelearnos por las razones equivocadas.

P.D. Y el problema no sólo es de nuestro país, ojalá Barack Obama gobierne en pos de la justicia y no únicamente de los intereses de unos cuantos.

En Campus

9.1.09

La tontería de Acatla

Augie March —personaje del Nobel de Literatura Saul Bellow— afirma de Acatla que parece “resuelta a culminar su tontería volándose en pedazos”. Pues resulta que la estupidez de Acatla se extendió como peste y que México se muestra decidido a realizarse en ella y estallar.

Menuda confusión —se dice Augie March— es la de querer un futuro de independencia a la vez que amor. Es decir, o se es independiente o se sirve a Eros. Y la lógica del argumento es bien sencilla, no se puede querer ser dos cosas contrapuestas al mismo tiempo: o se es o no se es.

En México sucede, sin embargo, que vivimos en una democracia pasional, lo que resulta un claro oxímoron. Es irracional dejarse llevar por las pasiones, salvajes e irredentas, a la vez que se pide un mundo dominado por la razón. La democracia es racional y no tiene cabida para las pasiones. Esto, sin embargo, no quiere decir que para actuar conforme a los imperativos de la democracia los seres humanos debamos dejar de ser pasionales —vaya desatino—, debemos refrenarnos. Ser democrático es un no dejar de refrenarse abismal —abismal porque ante tal perspectiva sentimos vértigo. Qué empresa la de no parar de contenerse, el proyecto humano es supra humano—.

Sin duda, fracasamos en nuestro intento de contención absoluta, no podemos esperar otra cosa. Pero de este fiasco no se sigue el desenfreno de las pasiones, el carnaval, la telenovela —tampoco, recalquemos, la mando dura, el imponer las supuestas razones del Estado por la fuerza—. Aquí radica la debilidad mayúscula de la democracia: ¿dónde está la motivación para refrenarse? ¿Por qué, si el mundo se cae a pedazos, debo actuar democráticamente? ¿Por qué, si soy poderoso, debo someterme a las normas del bien común? La democracia tiene argumentos para intentar dar respuesta a todas estas preguntas, desgraciadamente las razones no sirven para convencer a los irrazonables, ni a aquellos que no quieren escucharlas, ni a los que tienen una verdad irrenunciable, ni a los testarudos, ni a los que no se equivocan, ni a los que odian al otro y lo humillan ni sirven tampoco para convencer a los que no respetan más que la fuerza. En fin, la democracia es muy débil, está siempre al borde de la enfermedad y su única esperanza de sobrevivir a lo largo del tiempo es inculcando en sus ciudadanos la motivación de refrenarse en pos del bien común. La democracia es una fiesta aburrida, es más baile europeo que caribeño. Sin embargo en México, tontería de Acatla, bailamos el vals como si fuera cumbia. Cuando Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador juegan ajedrez, si bien saben cómo se mueven los peones y las torres, se avientan las fichas. En México no sólo falta un pacto político para cambiar las leyes autoritarias, los artículos constitucionales arcaicos o antidemocráticos, necesitamos motivar a los ciudadanos para actuar conforme a los imperativos de la democracia y esto, se me ocurre, sólo se logra mostrando que la democracia funciona, que tiene sentido refrenar las pasiones en pos del bien común. Pero ante la desfachatez estamos perdidos, ¿por qué razón va a dejar el narcotraficante su negocio si el político no deja el suyo? ¿Por qué yo sí y tú no? La guerra no debería ser contra la delincuencia ni contra el narcotráfico, sino contra la impunidad y la corrupción y, sobre todo, contra la indiferencia ante estas fuentes de injusticia. Esa guerra no se pelea con armas, ni deja tantos muertos.

La indiferencia, que es producto del egoísmo y la desesperanza, no puede perdurar mucho tiempo junto al ser democrático. Una democracia de indiferentes está destinada al fracaso. La indiferencia, a fin de cuentas, es una actitud frente a la injusticia y una democracia que tolera la injusticia no tiene razón de ser. No es justo enriquecerse a costa del erario ni traficando influencias o utilizando información ventajosa. Tampoco es justo evitar ser juzgado ni recibir trato de rey en una república. Para que la democracia florezca en este campo cada vez más yermo necesitamos empezar a batallar contra la injusticia. Para esto es menester transformar las estructuras que la perpetúan: el sistema judicial donde las sentencias absolutorias se compran, el régimen fiscal que no consigue el objetivo de distribuir la riqueza, las leyes laxas que permiten gastos descomunales en comunicación social y gasto corriente —una copa de caro vino francés pagada con los impuestos de ciudadanos pobres tendría que saberles a hiel—, transformar el sistema educativo que, al no formar bien a quienes no pueden pagarse una escuela que sí los forme —qué pocas hay—, los deja en perpetua y, por supuesto, injusta desventaja. Es necesario abrir las frecuencias y crear una regulación más estricta, para que la competencia y las reglas alienten y obliguen a producir una televisión menos mala y que entienda su compromiso con la democracia. Transformar las campañas políticas, libertad de expresión no es difamar y mentir.

Pero la tontería de Acatla parece nuestro destino trágico: estallar, volarlo todo en pedazos que, a nuestro mexicano entender, es la mejor forma de celebrar y divertirse. Viva México y sus 199 años de máscaras y carnaval. Que siga la fiesta.


6.1.09

Ampáyer

Primero fue un iraquí y después un ucraniano. Tiran y tiran zapatos los reporteros. Muy pronto tendrán que ir a las conferencias de prensa descalzos. La otra es ponerle una careta de ampáyer al conferencista o usar una malla que lo proteja, como al público en un estadio de béisbol, o usar un cristal, como en el papamóvil, o mejor, que dejen de dar conferencias de prensa, al fin que nunca contestan las preguntas interesantes.

En Diasiete

26.12.08

Contra el sinsentido

Segundo sinsentido: “libertad de expresión es decir lo que uno quiera”. Aunque suene paradójico, no podemos tolerar la intolerancia y así, la libertad de expresión no protege cualquier dicho, como el que incita a la violencia.

En Diasiete

22.12.08

Contra el sinsentido

Primer sinsentido: “la moral es subjetiva”. La moral no puede ser subjetiva porque no hay moral sin el otro, siempre es cosa de varios, de compartir valores y principios.

En Diasiete

11.12.08

No es el sol, son las antorchas

En diciembre los cursos semestrales se terminan. La mayoría de los alumnos descansa para seguir con su ruta académica semanas después, unos más se titulan. Desgraciadamente también, y con la actual crisis aumenta el número —me consta—, otros tantos se plantean dejar la escuela para ayudar en casa a sortear la escasez. Así, a nadie sorprende que mientras unos vacacionan en Europa y Asia otros hacen mandados, limpian mesas, manejan un taxi y guardan los libros, los apuntes, las esperanzas de titularse.

Los profesores también descansan. Algunos revisan los guiones de sus clases y en el mejor de los casos los transforman y se preparan para regresar a las aulas y enseñar mejor. Otros se olvidan de la escuela y confían en su conocimiento ecuménico e inamovible. Son los que anquilosan el conocimiento.

Antes de dejar entre renglones las aulas, sin embargo, los profesores se enfrentan a la evaluación, señalan el valor de algo. La mayoría, mecánicamente, pone números y entrega las actas sin preguntarse, asunto fundamental, qué es lo que calculamos cuando damos una calificación, a qué le damos peso y valor, ¿al nuevo conocimiento de los alumnos? ¿A su dedicación durante el semestre? ¿A los objetivos alcanzados —si es que se esbozaron—? Evaluar es arduo, cientos y cientos de páginas que leer, horas de exposiciones, faltas y faltas de ortografía, poca coherencia, incapacidad argumentativa, pereza, desfachatez —y sería injusto callar, unos cuantos alumnos brillantes, muy pocos, para desgracia de todos—. El nivel es bajo, si el baremo fuera lo que el profesor entiende como bueno tendría que reprobar a casi todos. Pero claro que ese no puede ser el parámetro. Para empezar, tenemos que reconocer que el bajo nivel de los alumnos —tanto de universidades privadas como públicas— viene de lejos y no se debe únicamente a su falta de voluntad ni de disciplina —aunque también tiene que ver—. Los alumnos mexicanos, no podemos cerrar los ojos, acuden durante 15 años a clases desastrosas —siempre se salva alguna— y la otra mitad del tiempo la pasan viendo programas de televisión o videos en YouTube sosos, repetitivos, poco imaginativos, en casas sin libros, leyendo, si acaso, historietas o periódicos amarillistas.

Antes de rellenar las actas sería bueno preguntarse sobre lo que tenemos que evaluar cuando evaluamos, y no puede ser el fracaso de nuestro sistema educativo, el abandono en el que el Estado tiene a sus jóvenes —¿cuál será mejor metáfora del deterioro, las aulas sin paredes con pupitres raídos o los estudiantes sin apenas conocimiento de, por decir algo, su lengua: el abandono de la infraestructura o el del hombre?—.

Qué hacemos ante la debacle, cerramos los ojos y dejamos que sigan titulándose personas incapaces, o reprobamos a la mayoría para que repitan y repitan cursos en un sistema que no los forma. No hay salida, el círculo viene dando vueltas hace tiempo y tritura, como un molinillo de pimienta.

No podemos juzgar la desgracia educativa del país en la libreta de calificaciones de los individuos. Por lo tanto, asumiendo el nivel de subsuelo, construimos un índice alternativo, como el Índice Metropolitano de la Calidad del Aire (IMECA) o como los índices de pobreza o de desempleo, tan especiales en nuestro país. Elaboramos, pues, un parámetro sui géneris de la mediocridad y saca siete quien debiera sacar tres.

Los muchachos no saben escribir, y el asunto no está en los acentos y las letras, no preocupa tanto que cambien "a" por "ha" o "ves" por "vez". Preocupa la estructura de sus frases, que son un espejo de la estructura de su pensamiento, el cual, a juzgar por sus oraciones, es poco claro, obtuso, ilógico. El Imperativo Categórico es útil, igual que el contrato social, para que personas lúcidas sepan cómo actuar pero, ¿qué hacemos ante la oscuridad en el pensamiento? Inventamos una ética no racional para que sepan cómo actuar las personas —esto no tiene sentido, conductismo y ética se contraponen— o hallamos cómo echar luz. La primera es la vía de las televisoras, la publicidad y de la democracia mercadotécnica que apela a las pasiones —miedo, deseo, esperanza, etcétera—. El otro es el camino cuesta arriba, el del humanismo que, como Prometeo, va irrigando luz. Pero justo ésa es la pregunta: cómo iluminar el valle oscuro, no podemos pensar en la metáfora del amanecer, de un sol que se levanta y lo ilumina todo, me imagino más un cúmulo de personas con antorchas pasando frío.

Además de enseñar técnicas e historia, tenemos que enseñar a redactar, a dar argumentos y construir diálogos, que no es otra cosa que enseñar a pensar y a ser cívico. Que las calificaciones las ponga la realidad, si aumentamos la democracia y reducimos la desigualdad habremos aprobado, no así si seguimos por el camino de la barbarie. Una persona solidaria dice más que un 10.

En Campus

29.11.08

Política y farándula son esdrújulas

Cuánto habrá pagado el GDF para que Marcelo Ebrard saliera en el programa matutino de Televisa *Hoy?* No me digan que aparecer en la pantalla junto a Gloria Trevi es comunicación social, ¿en qué ayuda a discutir el bien público? ¿No está demasiado enferma una democracia donde sus políticos se hallan tan cerca de la farándula?

En Díasiete

Fast Thinkers

Desgraciadamente la televisión es el medio de comunicación por el que más se informan los ciudadanos, no sólo de las noticias del día, sino de los asuntos públicos. Quizá como medio para transmitir información sobre hechos y sucesos diarios —se cayó un avión, empataron los Pumas— no resulta ineficiente ni tan malo, el asunto está en su incapacidad de transmitir pensamiento, ideas nuevas, propuestas para cambiar el pésimo estado de cosas. No cabe duda de que el pensamiento y la urgencia no van de la mano: pensar, a fin de cuentas, requiere de tiempo.

Pierre Bourdieu, el famoso sociólogo francés, expone así el problema en su libro de ensayos Sobre la televisión: “La televisión no resulta muy favorable para la expresión del pensamiento. Es un tópico antiguo del discurso filosófico: es la oposición que establece Platón entre el filósofo, que dispone de tiempo, y las personas que están en el ágora, la plaza pública, las cuales son presa de las prisas”. Hay un vínculo entre pensamiento y tiempo. Así pues, debemos preguntarnos si aquellos que acuden a las pantallas de la televisión a dar sus opiniones y debatir con otros pensadores —u opinólogos, comentaristas, da igual el nombre que les pongamos— pueden realmente comunicar ideas, pensamiento, conceptos, o más bien sólo repiten una retahíla de lugares comunes, nociones preconcebidas.

Pierre Bourdieu cree que esto último es lo que inevitablemente sucede y nos sugiere lo siguiente: “¿Acaso la televisión, al conceder la palabra a pensadores supuestamente capaces de pensar a toda velocidad, no se está condenando a no contar más que con fast thinkers, con pensadores que piensan más rápido que su propia sombra?”. Debemos preguntarnos cómo es que estos fast thinkers logran pensar y aportar ideas en condiciones así de contrarias a la generación de pensamiento si no es mediante a estas ideas preconcebidas a las que me refería, tópicos que las personas ya han recibido antes. Y es que como decía Flaubert, tales tipos de conceptos flotan en el ambiente, son banales, convencionales, corrientes.

Así pues, en realidad, los fast thinkers no comunican nada con sus frases veloces e inteligentes, pues lo que dicen ya ha sido recibido previamente por su público, “el intercambio de ideas preconcebidas es una comunicación sin más contenido que el propio hecho de la comunicación”, reitera Bourdieu.

Si los temas y los argumentos tópicos se pueden comunicar de inmediato por ser comunes al emisor y al receptor, el pensamiento funciona definitivamente de otra manera puesto que requiere de probar lo que defiende, necesita concatenar razonamientos mediante frases como “por lo tanto”, “así pues”, “en consecuencia”, “dicho lo cual”. Pero, ¿cómo se hace esto con urgencia, en un programa que dura una hora y en el que expresan sus ideas cinco o seis personas? ¿Cómo ser realmente lúcido en tan pocos minutos: es imposible? La televisión privilegia, como dice Bourdieu, la fast food cultural, el pensamiento trillado, la vanidad de quienes acuden a la pantalla, no a discutir los asuntos del bien público con profundidad, sino a mirarse en ella como se miraría Narciso.

Ahora, lo que sugiere Bourdieu no es que los pensadores, los académicos de las universidades, dejen de aparecer en televisión, tienen el deber de acudir a ella a hacer el intento de comunicarse. Esto último, sin embargo, implica exigir condiciones razonables. Y, dejémoslo claro, el deber de aparecer en la pantalla se fundamenta, por ejemplo, como decía Husserl, “somos funcionarios de la humanidad”, funcionarios que, bien argumenta Bourdieu, cobramos del Estado para descubrir cosas, ya sean acerca del mundo natural o del mundo social, y claro que tenemos obligación moral de difundir nuestros resultados. Negar la televisión sería pedante, aceptarla como está, inocente.

Antes de participar de los programas televisivos podríamos pensar en alternativas, por ejemplo, si lo que se discute en el Congreso y en la Suprema Corte de Justicia es fundamental para la democracia, ¿no es un sin sentido que sus canales sólo se transmitan en televisión de paga? ¿No tendría razón de ser abrir la señal y garantizar que llegue a todo el país? ¿No podríamos utilizar esos espacios para transmitir ideas en lugar de estar rogando para que la televisión privada habrá espacios de discusión?

No podemos permitir que las televisoras privadas nieguen la importancia que tiene su señal, que usa espacio público, y dejarles de exigir que se responsabilicen con la democracia. Tampoco podemos olvidarnos de los canales públicos, son los que más pueden prescindir del rating y abrir espacios para que las ideas florezcan y viajen por el espacio. Los fast thinkers se acomodan a todo, de eso se trata su trabajo pero no la democracia. Nadie dijo que se construyera tan rápido, tan fácil, de ideas tan vacías.

En Campus

18.11.08

Elva Ginón, televisión para desamparados

Entretenerse con la programación de Televisa es como deleitarse con un burrito de microondas: se debe estar muy hambriento, tener una gripe que empaña la sensibilidad del paladar o ignorar que existen alternativas.

Quién que disfrute leyendo a Joseph Roth puede sinceramente soportar «desmadruga2» y dejar su libro esperando en la mesa de noche. Quién que pueda salir a dar unos pasos de baile, al cine, a tomar unas copas, se queda los sábados por la noche en casa a ver a Dorismar posar en bikini en la pantalla de televisión mientras un personaje gordo, tonto y feo —el estereotipo televisivo de la raza cósmica— fantasea con ella. Nadie que pueda escoger lo contrario.

Por desgracia la pobreza generalizada, la mala educación, la inseguridad que atemoriza, cancelan oportunidades, dejan al hombre desamparado frente a la televisión, voraz negocio que lo empobrece —en sentido humano— para dominarlo: mientras más exigua sea la calidad del contenido televisivo y peor la educación de las personas y su discernimiento, más trivial puede ser la política, más eficaz la mercadotecnia, mayor el poder de la telecracia que abusa de la falta de oferta para monopolizar la audiencia y ofrecer una programación vergonzosa, reflejo de la idea que tienen de su público.

«Desmadruga2», por ejemplo, no logra esconder detrás de la espectacular semidesnudez de la modelo argentina Dorismar —no se puede tapar el sol con un cuerpo— las constantes repeticiones de un guión anodino que llega al límite de lo intolerable con las largas escenas de, por ejemplo, el padre Ramón, un supuesto cura comediante que nunca termina sus tareas, cuenta chistes de los que sólo se ríen sus monaguillos —con risa fingida y exasperante— y repite incansablemente “es igual, es igual” con un tono de voz que hace referencia y venera a algún personaje de Eugenio Derbez, como si éste último fuera la máxima expresión de la comedia.

Sucede que mientras más obeso es el pueblo mexicano más vulgar y mala se vuelve la programación televisiva. Cabe preguntarse si el sobrepeso de la población se debe a las horas que pasan frente a la tele, o pasan tantas horas frente a la tele por causa del sobrepeso que les complica la movilidad. Es igual, diría el padre Ramón, pura retórica socarrona, el hecho es que, como ya decía, por la pobreza, la ignorancia, la violencia y, añadamos, la obesidad, los telespectadores mexicanos se hallan apresados frente al monitor. Son prisioneros de la pereza y el cinismo de los guionistas que para ocultar sus debilidades recurren no sólo a la infamia de la semidesnudez sino a la de los albures más simples. Por ejemplo, en una escena del Tunco McClovich, otro personaje del programa, Pilar MontesNegros (sic) se bate a duelo con Lorena Herrera. Cuando la rubia gana, McClovich, que acaba de llegar de «Apisaco el grande» le dice: «saliste buena para mover la pistola». El ejemplo anterior es soso, el que sigue es ofensivo y vulgar: la señora Ginón visita al ginecólogo Falopio y le dice que se llama Elva.

Televisa no pretende educar, ya lo sabemos. Para entretener hace el mínimo esfuerzo: tiene un público cautivo. Un público que ante la desoladora realidad prefiere pasar el tiempo viendo vulgaridades y simplezas que platicándose su triste vida.

En Día Siete

13.11.08

Hagan dinero, informen bien

Esto es un esbozo que comienza con la siguiente pregunta: ¿por qué no podemos aceptar que la televisión mexicana sea sólo una máquina de dinero que entretiene a los mexicanos (no entiendo cómo entretiene, sin embargo, éste es tema para otra disertación, sólo permítanme cerrar el asunto indicando, como ya lo hice en otros foros, que si la gente de verdad se entretiene con la programación de las televisoras es porque hemos llegado al desgraciado punto donde más vale oír las mismas tonterías mil veces que comentar en la cena la desesperanza, el miedo, la impotencia)? Pero volviendo a la pregunta que hacía, creo que la respuesta es que no podemos aceptar que las televisoras sean sólo máquinas de hacer dinero mediante el mal entretenimiento porque, además de ser negocios que entretienen, los medios de comunicación masiva tienen un compromiso moral indispensable con la democracia: informar a los ciudadanos de los asuntos relevantes, entre otras cosas, para que puedan emitir su voto medianamente informados, noticias que les permitan exigir resultados, dirimir entre candidatos, juzgar administraciones, discutir en la comida familiar sobre los temas de la política nacional y local. Pero sucede que hoy en las mesas mexicanas se diserta sobre los sueños de los mejores amigos que presenta los domingos el señor Ramones, o sobre las ambiciones artísticas de adolescentes insulsos que cantan en la cadena Azteca.

Ahora, ¿es una exigencia desmesurada pedir a los medios de comunicación información veraz y buena? Claro que no. Estos medios son el vehículo más importante para que el derecho a la información se cumpla. Sin este tipo de difusores de la información, democracias tan grandes como la nuestra —millones y millones de ciudadanos— no pueden convertir en real un derecho que, si no pasa del mero papel, se queda en la mera formalidad —y los derechos formales no son garantía de nada, por ejemplo, es inútil que se diga que todos los mexicanos tienen derecho a la educación básica si en los hechos las escuelas quedan demasiado lejos como para ir a clases. Lo mismo pasa con los hospitales y, por supuesto, con la información: de qué sirve tener derecho a ella si en la realidad es inaccesible—.

La libertad de expresión que tan celosamente defienden las televisoras —recordemos a López Dóriga con su suéter rosa hablando en favor de la llamada Ley Televisa— debe ser la contraparte de la responsabilidad que tienen los medios de informar. Libertad de expresión para manipular o desinformar es un sin sentido. La libertad de expresión sólo tiene razón de ser ligada a la responsabilidad de comunicar lo relevante: ¿a quién le interesa defender la libertad de expresión de Paty Chapoy para que siga llamando guapo al gobernador del Estado de México? No creo que alguien sea capaz de dar su vida para defender ese periodismo rosa, por llamarlo sin descalificativos. Por esa libertad quién se ha levantado frente al Estado represivo.

Pedir ser libre para comunicar trivialidades es cínico. Bien dice Niceto Blázquez, teórico de la comunicación, que "éticamente hablando, lo mejor que puede hacer un periodista responsable es callarse mientras no tenga algo verdadero que decir o digno de ser conocido".

Bastante certeza tengo de que podemos medir la calidad de una democracia a través de la información que los grandes medios trasmiten. La nuestra, con este parámetro, no puede ser buena.

Frente a este escenario podemos hacer varias cosas, por un lado quitarle a los cínicos el monopolio de la defensa de la libertad de expresión, derecho que va mucho más allá de la mera posibilidad de decir cualquier cosa, si se defiende la libertad de transmitir información es porque ésta es vital para que la democracia funcione, no para llenar de chismes la sobremesa.

Urge una nueva ley de medios en nuestro país, no sólo para defender, por ejemplo, la cláusula de conciencia en favor de los periodistas, para redefinir los límites de la intimidad sino, sobre todo, para refrendar que los medios de comunicación pueden hacer todo el dinero que quieran entreteniendo a la gente a cambio de un compromiso serio con nuestro sistema de gobierno. La máxima podría ser: "Hagan dinero, informen bien". Todos saldríamos ganando, ellos fortunas, el país una mejor democracia.

Por último, debemos hacer un esfuerzo por elevar las exigencias del público, si se entretienen con lo que se entretienen es porque no tienen mucho acceso a otro tipo de ocio. Sin embargo, es muy claro que el entretenimiento y la información no son sustitutos de la cultura —en el sentido de Cicerón, de culutura animi— sino complementos. Acerquémosle a la gente la literatura, el buen cine, el teatro, la música.

Ya decía al principio que esto apenas es un esbozo, con más espacio podré matizar y ampliar estas ideas.

Cerraré diciendo que la libertad de expresión es fundamental. Hagamos una buena defensa de ella y por las razones correctas.

En campus